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Jesús, entonces, les dijo: “Yo soy el pan vivo bajado del Cielo. El que come de este pan vivirá para siempre. El pan que yo os daré es mi carne, que entrego para la vida del mundo. Yo os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y Yo lo resucitaré en el último día. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.” (Jn 6, 51.53-54.56)

 

Aprovechando la ocasión que nos presta la celebración de la Solemnidad del Corpus Christi, quería compartir con vosotros este pasaje del discurso del Pan de Vida, que es el centro de la teología eucarística en el evangelio de San Juan. Jesús nos invita a participar en Su Propia Vida, nos regala Su Vida… ¿cómo? Haciéndose Él mismo Pan Vivo bajado del Cielo, o sea, la Eucaristía, para que podamos recibirle en nuestro corazón frecuentemente y con el alma bien dispuesta. El mensaje que Jesús lanza es sobrecogedor: Él se va a entregar hecho pan para la vida del Mundo. Es la entrega total en el Misterio Pascual, Sacrificio Redentor en la Cruz y Resurrección de Cristo, perpetuado en la locura de la Eucaristía…

Se entrega así, siervo pobre y humilde, bajo la apariencia del pan, expuesto a todo lo que se quiera hacer de Él, para darnos la Vida. Y no una vida cualquiera, sino la Vida Eterna, el Cielo, que es nuestra Salvación: unión total a Él, COMUNIÓN de todos en Él. Sobre este misterio, santo Tomás de Aquino escribió en su Panis Angelicus (himno que compuso para esta festividad): oh, res mirabilis, manducat Dominum, es decir, “¡oh, cosa admirable, comer al Señor!” Y es tan cierto esto, tan admirable tener a Dios cercano, hecho alimento, para que podamos nosotros comulgar y tenerle dentro incluso físicamente, que también adoramos Su Presencia Real en este Pan de la Eucaristía. En la Solemnidad del Corpus lo sacamos por las calles, engalanándolas y preparando pequeños altares en nuestras casas, signos visibles del corazón, que quiere ser Altar Invisible para recibir al Señor del Universo a la hora de comulgar. En este día solemne y ya durante todo el mes de Junio, que como sabéis está especialmente dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, pidamos a Dios Padre que envíe al Espíritu Santo y nos haga ser un poco más conscientes y vivir con mayor devoción esta manifestación tan viva y tan real del Amor del Señor, que ha querido quedarse con nosotros hasta el fin de los días (Cf. Mt 28, 20).

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