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“¿Eres Tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?" (…) Y respondiendo les dijo: "Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados.” (Lc 7, 20b. 22)

¿Eres tú el que sana nuestras heridas, limpia nuestra suciedad, purifica nuestro corazón? ¿Eres tú el que esperamos, el que nuestro ser anhela, del que nace esta sed que tengo? Sí, ¡es Él!, pero cuántos aún no le conocen, o le han olvidado o simplemente no viven conforme a su fe profesada. Por ello, hoy como ayer, se nos invita a ir y anunciar que aquel que tenía que venir y viene cada día en la Eucaristía está vivo y nos busca.

Comienza la Gran Misión en nuestra Diócesis, comienza el tiempo de salir a mostrar lo que hemos visto -el enorme amor que Dios nos tiene- y lo que hemos oído -que está vivo aquí y ahora, y nos invita a vivir con él-. A proclamar que Jesús tiene el poder y en verdad nos hace ver de una manera distinta lo que antes no comprendíamos. Ahora todo se llena de sentido y alegría. Se inaugura la etapa de manifestar a los cojos, es decir, a aquellos que aún no se han decidido en totalidad por Jesús, que Él es el camino firme por donde caminar seguro a pesar de las adversidades. Se abre el período para anunciar a tantos enfermos y muertos por el pecado que Cristo es el médico que sana y limpia las heridas de nuestro ser, que es él quien nos brinda la vida nueva, verdadera, la que de verdad nos da la plenitud de alegría.

Es el tiempo de hablar la verdadera lengua: la del amor. Compartir con quienes no oyen o no se les deja oír que en estos tiempos convulsos es posible hacer el bien y perdonar. En definitiva, ser un rayo de luz en medio de las dificultades que en las noticias nos muestran. Y, esto es posible, solo porque el Señor lo hace, porque su poder es capaz de convertir el odio en amor, la guerra en paz. Por ello se nos envía a todos los pobres, ¡y nosotros somos parte de ellos!, a evangelizar y dejarnos evangelizar. Se nos envía a hacer realidad las palabras de Jesús, para que hoy como ayer, todos tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10, 10).

Por eso, preparemos el corazón, dejémonos llenar por su amor y no perdamos la ocasión. A tiempo y a destiempo, en las calles y en las plazas, “en las periferias existenciales”, a cada hermano debemos mostrarle que Cristo vive y desea que viva en Él.