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Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme. No me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso (Sal 50, 12-14).

La tradición cristiana ha situado la composición del salmo 50, el conocido Miserere, en el arrepentimiento del rey David que cae en la cuenta de su insensatez por haber mandado a una muerte segura a Urías y haberse quedado con su mujer. Es por ello que se trata del salmo penitencial por excelencia, el que tanto cristianos como judíos han rezado durante generaciones para pedir perdón al Señor por sus pecados.

Propongo que meditemos un momento sobre esta oración -ya que eso es un salmo- para poder descubrir la otra cara del arrepentimiento: la Misericordia de Dios. En el contexto del año de gracia que la Iglesia está viviendo, es importante poner la mirada una y otra vez en esto. Me parece que la clave es experimentar en mi vida esta misericordia. ¡Cuánto más en el tiempo de cuaresma, a las puertas de la Semana Santa, donde se nos invita a poner los ojos en Jesús crucificado! Es de su corazón abierto -por ti y por mí- de donde brota el perdón.

Y es que la misericordia no consiste en que el Señor mire para otro lado cuando debería considerar nuestros pecados. No se trata de una especie de buenismo. De hecho, ni siquiera “convalida” la reparación que nunca debemos dejar de hacer por nuestros pecados, aunque, ciertamente, el Señor olvida lo que hemos hecho. La misericordia, si de verdad es tal, nos sana y nos cambia para que colaboremos cada vez más íntimamente en la obra de la redención del mundo.

Es por ello que podemos llevar siempre en el corazón estas líneas del salmo. Tenemos que pedir al Señor ese corazón puro, no apartarnos nunca de Él y vivir siempre la alegría del cristiano. Son palabras de arrepentimiento, que también dejan sitio a la esperanza y el consuelo. Pedimos una renovación del corazón, porque sabemos que no todo en él está bien. Pero pedimos también porque tenemos nuestra confianza puesta en el Señor: no nos negará esa transformación -digamos, con otras palabras, conversión- aquel que arde en deseos de cambiar el mundo y que todos se sientan verdaderamente amados.

Sabemos ya que desde nuestro bautismo estamos llamados a ser reyes del Reino de los Cielos. Todo camino se hace hermoso con este final. Con la mirada puesta en ello, pidámosle al Señor la conversión, como hizo con el rey David, para ser misericordiosos, como nuestro Padre es misericordioso.