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El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú estás conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan.
Salmo 22, 1-4

“Al final de una cena en un castillo inglés, un famoso actor entretenía a los huéspedes declamando textos de Shakespeare. Después se ofreció a recitar algo extra. Un tímido sacerdote le pidió recitar el salmo 22. El actor respondió: “Sí, lo conozco, pero sólo lo recitaré con una condición: que después lo recite usted”. El sacerdote se sintió incómodo, pero accedió. El actor hizo una bellísima interpretación, con una dicción perfecta. Al final, el aplauso fue ensordecedor. Llegó el turno del sacerdote, que se levantó y recitó el salmo. Esta vez, cuando terminó, no hubo aplausos, sólo un profundo silencio y un surco de lágrimas en algún rostro. El actor, con voz entrecortada y visiblemente emocionado, se levantó y dijo: ‘Señoras y señores, espero que hayan comprendido lo que ha sucedido esta noche: yo conocía el salmo 22, pero este hombre conoce al Pastor”.

Imaginemos lo que significa para un rebaño hambriento y sediento encontrar, en pleno desierto, una pradera de hierba verde. Imaginemos el frescor de un manantial de agua pura. Después de un árido camino, encontrar una pradera es descansar. El gozo entra por los ojos y la piel, no sólo por la garganta reseca. Y allí se encuentra fuerzas para seguir caminando.

Las ovejas ni siquiera saben adónde van, pero saben que el pastor les guía. En la angustia de la oscuridad sienten con más fuerza la presencia cercana de su Pastor. Y aunque pasen por sendas oscuras, donde todos los miedos afloran, nada temen. La oscuridad ha servido para interiorizar la relación entre el alma y el Pastor. En medio de la oscuridad, aunque no le vean, sienten el golpe ligero de su cayado. Incluso cuando se retrasan o se pierden, oyen el golpe de su vara sobre las piedras y eso les calma.

En el corazón del salmo, oímos el grito del salmista: “Porque Tú estás conmigo”. Ya no puede seguir hablando en tercera persona, toda distancia se ha roto y brota la intimidad más sobrecogedora: Tú estás conmigo. Tú lo eres todo para mí. Tú eres mi agua, mi pasto, mi camino. Siempre Tú. Eres la verdadera razón para sentirme seguro, para que me atreva a caminar por la oscuridad, Tú estás conmigo. Sé que caminas a mi lado y que nunca me dejas solo. En la oscuridad, mis ojos te han visto; en la oscuridad he conocido que el Señor es mi Pastor y que siempre me lleva de la mano.

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