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Habla mi amado y me dice: «Levántate, amada mía, hermosa mía y vente. Paloma mía, en las oquedades de la roca, en el escondrijo escarpado, déjame ver tu figura, déjame escuchar tu voz: es muy dulce tu voz y fascinante tu figura.» (Ct 2, 13-14)

Todos conocemos a las hermanitas Misioneras de la Caridad, o al menos, a su fundadora, Santa Teresa de Calcuta. Cuentan que en una ocasión varias hermanitas llevaban a un grupo de personas a la capilla para que estuviesen delante del Sagrario. Este grupo estaba formado por personas con ciertos problemas mentales y tenían que ir en silla de ruedas. Un hombre les pregunta: «pero hermanas, ¿por qué les llevan a la capilla? No se enteran de nada, ¡cuánto menos van a rezar!». A lo que una hermanita respondió: «es verdad, pero a Jesús le gusta mucho verles».

El libro del Cantar de los Cantares es un poema de amor. La amada busca a su amado; y éste canta su belleza y se hace a veces el escurridizo. El descanso de ella no es otro que estar con él y él no encuentra complacencia más que en exaltar la hermosura de la amada. ¿No es acaso la amada tu alma y el amante tu Señor?

“Es muy dulce tu voz y fascinante tu figura”. Escucha cómo te dice Jesús estas palabras. Él quiere verte y escucharte, mirar tu figura y oír tu voz. Quiere, en fin, que acudas a la oración, que te pongas ante él. La oración no consiste tanto en hablar mucho como en dejar que Jesús te enseñe. Y, sin embargo, muchas veces sentimos que no somos capaces, que no es el momento o, incluso, que a Dios no le agradará mi presencia a causa de mi pecado. Pero, ¿es que acaso piensas que vale más para nuestro Señor tu pecado que tú mismo? No, a Él le agrada que estés con Él. Su alegría es poder verte acudiendo a su presencia, con la sencillez de un hijo con su padre. Es dulce la voz de aquel que reconoce humildemente que no puede nada y pide a quien sabe que se lo puede dar todo.

Es posible que las palabras del Señor nos recuerden a éstas otras del profeta Isaías: sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a  sufrimientos (Is 53, 2-3). Y es que Jesús ha querido morir por ti. Ha deseado ocupar tu lugar. Por eso es hermosa tu figura para Dios, porque te concede la suya a cambio de destruir en la cruz la tuya. 

Esta es la Cuaresma: ponte cerca de Jesús, déjale ocupar tu lugar y desgarrar de tu corazón el pecado. A él sólo le alegra escuchar tu voz y ver tu figura.

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