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Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:”Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo”. (Jn 20, 19-22)

¡Qué hermoso saber que Cristo viene con oficio de consolar, de traer la paz -Su paz, alcanzada al precio de su sangre- y no nos deja solos! La forma de actuar de Dios es, francamente, insospechada. Imposible de imaginar tan siquiera para las mentes más privilegiadas u oráculos más afamados.

¿Por qué Cristo, una vez resucitado y glorioso, mantiene las señales de la pasión en las manos y el costado? ¿Por qué motivo  se las muestra a los apóstoles? No es asunto menor. No. Así nos enseña que solo a través de la cruz: aceptada, abrazada y querida (incluso) puede obrarse nuestra salvación. Porque no hay gloria sin cruz, ni vida sin antes morir.

La experiencia cristiana habla de una lucha en la propia carne, en el propio espíritu del hombre contra una tentación dominante, contra un pecado enconado. Huir de esta (única) realidad no trae más que angustia. Esta es nuestra cruz, la que nos arrebata la vida, la que nos quiere aplastar y matar. La que, como a los apóstoles, nos atrapa y encierra llenos de miedo.

Alimenta la esperanza, fortalece la fe y enciende la caridad. Eso es lo que hace Cristo mostrando su cuerpo glorioso y traspasado. La muerte no vence. La muerte no tiene la última palabra sobre nuestra vida.

Una lección fundamental extraemos de esta escena evangélica: para tener la vida del Resucitado, la vida llena de paz, hay que pasar por la cruz. Aceptarla y ponernos en manos de quien antes la ha cargado y la ha llenado de un sentido salvífico. Y como mayor fruto de la vida nueva en Cristo resucitado, nos ha entregado el Espíritu Santo, Espíritu Consolador.

¡Qué paradoja! El instrumento de muerte más ignominiosa ha sido transfigurado por Cristo en tabla de nuestra salvación. No huyas de tu cruz: busca a Cristo en ella y saldrás vencedor. Y tendrás como “premio” el Espíritu que te lance a dar testimonio de la obra maravillosa que el Señor ha realizado en ti.