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Viendo Jesús que lo rodeaba mucha gente, dio orden de cruzar a la otra orilla. Se le acercó un escriba y le dijo: «Maestro, te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Mt 8,19-20)

Dice nuestro plan de formación: «Arraigados en Cristo Esposo y totalmente consagrados al servicio del Pueblo de Dios en el celibato, los presbíteros se unen más fácilmente a Cristo con un corazón no dividido, se dedican más libremente al servicio de Dios y de los hombres y así se hacen más aptos para aceptar en Cristo una paternidad más amplia». En efecto, el celibato sacerdotal es, sin duda alguna, uno de los mayores regalos que Dios hace a su Iglesia.

En el evangelio de Mateo hemos leído que un escriba se convierte y pide a Jesús entrar en su seguimiento. Es la misma experiencia que un seminarista vive cuando decide entrar al Seminario. Jesús le hace una advertencia: «El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A lo largo de los años de formación, cada uno de nosotros va experimentando cómo, con cada vez mayor intensidad, el Señor reclama el corazón de una manera total.

La consecuencia primera es evidente: la renuncia, por amor exclusivo a Jesús, de formar una familia. Sin embargo, las consecuencias son más profundas. Es obvio que para el mundo se ve este regalo como una penosa y profunda carga que el sacerdote debe soportar cada día de su vida. Nada más erróneo que esta mirada. Y es que tal don es el que capacita al sacerdote para hacer de su vida una entrega total y fiel a Cristo y a su Iglesia, ya que su corazón pertenece por entero y de manera exclusiva a la misión de ser santo y de llevar a las almas al cielo. Del mismo modo hay que decir que, por ser un don, necesita ser trabajado. Este trabajo en ocasiones es duro, pues conlleva también que uno experimente la incomprensión y el desasimiento de los hombres, que no pueden otorgar un amor tan exclusivo como el de Jesús. Pero el testimonio de los santos pastores demuestra que es posible vivir así. El camino es poner el corazón sólo en Cristo y, desde su Corazón, amar a los hombres.

Es por ello que “descanso”, “amor”, “plenitud” y “fidelidad” son las notas que caracterizan la vida del célibe, la entrega total de corazón a Corazón que un seminarista hace de su propia vida a Jesús. Y esto, como inmenso e inmerecido regalo de Dios. El sacerdote nunca está sólo. ¡Nunca! Él quiere ponernos en su camino, para vivir su misma vida, la vida del que «no tiene donde reclinar la cabeza».

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