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Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá

Lc 1, 45

En el marco del Año santo de la Fe que estamos celebrando, estas palabras pronunciadas por santa Isabel, madre de san Juan Bautista, a la Santísima Virgen resuenan con gran fuerza, presentándonos a María como ejemplo de fe en la acción de Dios.

Lo más admirable y ejemplar en nuestra Madre no es simplemente que crea en Dios (como también creía Zacarías, el esposo de Isabel, y sin embargo desconfió de su palabra): ella va más allá; se fía de Dios; su fe inquebrantable le lleva a abandonarse confiadamente en sus manos, su espíritu se alegra en Dios, su Salvador.

 

Espera en las palabras del ángel, a pesar de las dificultades que traía consigo aquel sí: no conocía varón, y además sabía que tendría que enfrentarse a las malas miradas y habladurías de la gente por concebir antes del matrimonio, y lo que es peor, al posible repudio de su esposo.

Ella siempre se mantiene con una fe firme y alegre, una fe que irá creciendo cada vez más a lo largo de su vida. Se detiene en el silencio de la oración a meditar los misterios de la vida de su Hijo y Señor nuestro Jesucristo; se abandona con amor filial a Dios también en aquellos momentos en los que la razón se oscurece y sólo brilla la fe. Irá peregrinando y no desesperará ante el escándalo de la cruz, que parece contradecir lo prometido en la anunciación; incluso en estos momentos de agonía y angustia, en los que la dulce Madre de Dios tiene que contemplar y sufrir la Pasión de Jesús, se deja conducir dócilmente a la cruel escena del Calvario. También espera con ardor, sumida en la confusión de aquel Sábado Santo; jamás cae derrotada ante las adversidades y dolores, porque el Señor es su Pastor, y nada le falta; aunque camine por cañadas oscuras nada teme (Cf. Sal 23). Y además aguardará confiada el momento de la resurrección, siendo consuelo y refugio de los discípulos, desesperados por la muerte de Cristo.

Por esto, qué mejor para vivir este año que la Iglesia nos propone que fijar nuestra mirada en ella, la Virgen fiel y sensata, en la que nunca faltó el aceite de la gracia que alimenta la lámpara de la fe, la esperanza y la caridad.

Nos acogemos, Santísima Madre, a tu intercesión, para que el Señor nos dé a nosotros también una fe firme y segura. Madre Inmaculada, ruega por nosotros.

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