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Fue enviado por Dios el ángel Gabriel. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús» (Lc 1,26.28.30.31).


Con la celebración de la Anunciación y la Encarnación, el germen y el fruto. ¡Sí! Festejamos no solo el resultado - Encarnación - sino también el modo de realizarlo: Dios pide ayuda al hombre. Os animo a fijarnos en la Anunciación, que nos indica que la iniciativa es siempre de Dios, que toda iniciativa parte de Él. Del Dios que no te recuerda porque jamás te olvida. El Señor invita a María a ser obradora en la salvación.

Toda invitación de Dios nos transforma en colaboradores de la obra divina, covencedores del enemigo, corredentores. Nos eleva a participar de la salvación que Cristo trae para mí (Encarnación); más aún, a poder obrar en mi propia salvación (Anunciación). Así, María presta su carne a Dios; es más, lo encarna con su sí. No solo da paso a Dios; camina con Él. En la anunciación Dios muestra su omnipotencia, recreando todo lo creado desde la criatura. El anuncio propicia la encarnación, es el despliegue del inmenso mar de misericordia, donde la encarnación es solo el principio.

La Iglesia se regocija en esta inagotable misericordia. Es el eco del ¡alégrate, María!. Ya Sofonías afirmaba: ¡alégrate, Dios está en medio de ti! Alegría porque Dios, en su anuncio, entrega sus palabras, se compromete y te enriquece, ¡te llena de gracia!. Y ¡alégrate tú!, porque eres como María: depositario de sus promesas de salvación, porque su presencia es efectiva en ti y por ti. Dios ha puesto todo su querer y poder en ti. Alégrate porque este anuncio te trae la alegría del triunfo con Dios, un Dios que declara que requiere de ti para salvarte, que no excluye tu acción, por pequeña que sea; al contrario, la desea, la necesita y la solicita.

El ángel también se dirige a mí y proclama que toda la fuerza de la gracia es ineficaz ante mi negativa. Dios nada puede si enmudezco, o niego, y todo lo puede si acepto. Y, ¿qué responder? Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»

Pero hágase en mí, no como autorización a un permiso, no, sino como un anhelo que exige ser colmado, que brota de un corazón que desea pensar, actuar y amar con el corazón de Dios. Así, en María se conjuga el querer y el poder obrar la salvación y, como ella, responde tú: Hágase en mí, lo quiero, lo deseo, lo abrazo.

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