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Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y todo esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: no se le quebrará hueso alguno. Y también otra Escritura dice: mirarán al que traspasaron (Jn 19, 33-37).

Nos adentramos en la mirada de san Juan. Es verdad que la vida que tenemos y lo que nos rodea nos hace observar al mundo y a los demás con ojos superficiales; nos movemos por impresiones y a veces incluso actuamos según ellas. Muchas veces nos justificamos pensando que las impresiones son el conocimiento verdadero del otro, y como el filósofo que debajo de un árbol piensa en el sentido de la vida, nos enrolamos en nuestros pensamientos para justificar lo que dejamos de hacer.

Y pensaréis, ¿qué tiene que ver esta introducción con la mirada de san Juan? Pues mucho, sin duda: san Juan, al pie de la Cruz, contempla al crucificado; no se queda en lo que ve, sino que profundiza en el significado más grande de lo que tiene ante los ojos: ésa es la mirada que él busca compartir en su Evangelio.

Cuando leemos este texto, el evangelista  nos traslada con sus palabras al Gólgota, es entonces cuando recuerda a Isaías: “mirarán al traspasado”. Y es que al discípulo amado no se le escapa nada: en ese costado ve los sacramentos y el nacimiento de la Iglesia; en la sangre y el agua, el Bautismo y la Eucaristía.

Es aquí donde comprendemos cuál es nuestro lugar en la Iglesia: sin duda, vivir en la Brecha; sí, en la herida del costado. En él aprendemos a tener los sentimientos de Jesús, y es en la contemplación de Juan del Señor crucificado donde aprendemos a mirar de la misma manera que Dios nos ve. Es la mirada que no se queda en la superficie de las cosas, sino que profundiza en ellas; que se adentra en el misterio del corazón de los demás, y nos ayuda a conocer lo verdadero y bueno de ellos; que nos enseña a pedir perdón y a dar gracias; es la mirada que nunca condiciona el comportamiento y que actúa sin prejuicio; es la mirada de la compasión y la misericordia.

El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado; con los ojos puestos en el cielo pidamos al Señor que nos conceda esta mirada que permita contemplarle en las personas y en lo que nos rodea: pidamos la mirada del corazón de Dios.

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