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Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme. Mt 25, 35-36

¿Cuántas veces hemos leído este texto y hemos pasado de largo, al igual que pasan de largo el sacerdote y el levita del hombre que cayó en manos de los bandidos? (Lc 10, 29-37).

Siempre hay buenas razones y excusas para no practicar esta misericordia que el Señor nos pide, pero en el mundo en que vivimos hay gran necesidad de ella. Y no es necesario irse demasiado lejos para ver situaciones como la que hace unos meses nos sorprendía a todos en los medios: una niña de catorce años pegando una brutal paliza a otra chica mientras era grabada, y lo más triste no era esto, sino la gente que pasaba alrededor y miraba hacia otro lado cuando ella pedía auxilio. 

A veces no sabemos cómo vivir nuestra fe en relación a los demás y a los que nos rodean, o elegimos tan sólo las partes del Evangelio que nos convienen o confortan. Cada uno tiene una situación y vida distinta, con obstáculos y dificultades diversas, pero la Palabra de Dios, además de ser viva y eficaz como ya sabemos, es también personal. Es decir, que el Señor nos habla a cada uno al corazón, pero es necesario escucharle con tres actitudes: atención, verdadera sinceridad conmigo mismo y ante Dios, y disponibilidad para hacer su voluntad en lo que me pida.

Dios es exigente y podríamos pensar tristemente que nos pone cargas pesadas al tener que cargar también con los que necesitan de la caridad cristiana, pero en realidad no es así. Nuestra fuerza nace de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. No podríamos practicar la verdadera caridad si no viésemos su Pasión en el rostro de quienes nos muestran a Jesucristo sufriente en su enfermedad o prisión; si no comprendiésemos su Muerte como un amor personal a cada uno de nosotros, en especial los sedientos, hambrientos, enfermos, los que más sufren; y por último, si no participásemos de su Resurrección cuando nos llame a la vida eterna que nos promete, pero también ahora, resucitado en la Eucaristía, en el perdón y los sacramentos donde nos da su fuerza.

Por eso, ahora ponte en diálogo con Dios y pregúntale quién es tu prójimo y qué has de hacer, pero sobre todo pídele que nunca permita que te alejes de Él porque entonces tú serías el mayor pobre de la Tierra.

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