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Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8) 

En este mes de noviembre, celebramos la fiesta de Todos los Santos, día en que recordamos a todos los hombres de todos los tiempos que decidieron dejarlo todo y seguir a Cristo. Seguirle para vivir una amistad íntima con Aquél cuyo amor puede transformar el corazón más duro y frío. Hacemos memoria de los santos conocidos, que la Iglesia nos ha propuesto como ejemplo de vida, pero también de los que no conocemos, los que vivieron su entrega de amor a Dios en el anonimato propio de Nazaret.

Al contemplar la vida de estos santos, nos solemos admirar del amor tan grande con que la vivieron. Pero habitualmente esta admiración va acompañada del pensamiento de que esta vida de amistad con Jesús, esta vida de santidad, no es para nosotros. Creemos que es algo para unos pocos. A los demás con ser “buenos” nos basta. Y esto no es así pues, como nos enseña el Concilio Vaticano II en la constitución Lumen Gentium: todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad (LG 40).

Puede parecer imposible que en estos tiempos se pueda vivir una vida así, pero tenemos claros ejemplos contemporáneos de personas que lo han logrado. Pienso en el papa san Juan Pablo II y el médico san José Moscati, cuyas vidas han supuesto una gran luz para el mundo actual.

Pero la santidad no se improvisa, sino que es un camino que llega hasta el final de la vida -para unos, largo y para otros, corto-, pero un camino al fin y al cabo. Y aquí es tan imprescindible un trato de amistad con Dios en la oración como también lo son los sacramentos; y, en ellos, el gran pilar que es la participación consciente, activa y fructuosa de la Eucaristía, alimento de vida eterna, fuente y culmen de la vida cristiana.

En este camino también experimentamos nuestra debilidad, nuestros pecados, y tendemos a pensar “yo no valgo para esto”. Pero es importante saber que santo no es quien nunca cae sino quien siempre se levanta pues, como dice san Pablo, todo lo puedo en Aquél que me conforta. Por tanto no tiremos nunca la toalla, no pensemos que no es para nosotros, sino más bien, teniendo una nube tan ingente de testigos, corramos, con constancia, en la carrera que nos toca, renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús (Hb 12, 1-2).

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