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Por entonces se presentó Jesús, que venía de Galilea al Jordán, a donde Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo y le decía: «Soy yo el que necesita ser bautizado por Ti, ¿y vienes Tú donde mí?» Jesús le respondió: «Deja ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia» (Mt 3, 13-15).

 

Al encender la primera vela de la corona de Adviento, la Iglesia se introduce de lleno en un tiempo de esperanza, de expectación, de preparar los corazones para la venida del Señor. Me gustaría centrarme en estas palabras de san Juan el Bautista, que me parecen muy apropiadas para meditar y contemplar en este tiempo fuerte de Adviento y Navidad: ¿y vienes Tú donde mí?

Y es que en estos días somos testigos, una vez más, de cómo el Señor toma la iniciativa. Nuestra vida no consiste sólo en hacer obras heroicas que demuestren al Señor lo que estamos dispuestos a hacer por Él. A veces se nos olvida lo más importante: dejar al Señor que nos guíe y nos ame. Nuestra amistad con Cristo será imperfecta si no nos dejamos amar por Él, si no estamos dispuestos a ser el objeto de su amor.

Igualmente, podemos pensar: ¿cómo me va a amar a mí el Señor si no hago nada por Él, si soy un desastre, si soy sólo un pobre pecador? En definitiva, las palabras del Bautista: ¿cómo vas a venir Tú a mí? Y esto se debe a que ser amados conlleva hacerse vulnerable, ser expuesto al otro con la posibilidad de recibir heridas en el corazón; de ahí nuestro miedo. Pero el Evangelio nos muestra que no es éste el criterio de Jesús. Siempre nos responderá con un gesto: el del amor, el gesto de hacerse pequeño por nosotros, el gesto de confiar tanto en que su amor puede convertir nuestro corazón que se hace niño y nace en un vulgar pesebre. 

A Jesús le importamos mucho, más de lo que podamos pensar. Y el temor que tenemos en ocasiones a sentirnos amados tiene que ser superado, poniendo nuestra confianza en el Señor. Él sabe lo que verdaderamente necesitamos, mucho mejor que nosotros. No pasa nada, ¡sólo déjate amar por Él! ¡No tengas miedo! ¡No trates de impedírselo! Jesús mismo nos invita a ello: conviene que así cumplamos toda justicia; te conviene ser amado por Mí, lo necesitas para ser feliz.

Experimentemos esto en la Navidad. Ayudemos también a nuestros hermanos a experimentarlo: el gozo de ser amados por el Niño de Belén y no tratar de impedírselo. ¡Ven Señor Jesús!

 

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