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El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Mc 1, 12

 

¿Qué es para vosotros la Cuaresma? ¿Es una etapa poco relevante en el transcurso de vuestra vida? ¿Es una etapa dolorosa, llena de sacrificios que os han marcado dolorosamente?

¡La Cuaresma es mucho más que eso! Es el Señor entrando en nuestras vidas para que nos convirtamos en lo que Él quiere por medio de la escucha de su Palabra y por su puesta en práctica en nuestras vidas. Se trata de contemplar a Cristo que ha tomado consigo nuestro pecado hasta la muerte, hasta el final.

Jesús es conducido por el Espíritu Santo al desierto. Sabemos que el Espíritu procede del Padre y del Hijo; y, sin embargo, a Jesús en cuanto Mesías le conduce el Espíritu. Desde el Bautismo, vemos al Espíritu guiar a Jesús por el camino fijado por el Padre: le mueve a la oración, a la evangelización (Lc 4, 18-19), a la oblación de la cruz (Heb 9, 14)… Y este Espíritu conduce a Jesús, en nombre de todos, al desierto. Allí, ayuna durante cuarenta días. Se presenta como un tiempo monótono, un tiempo en el que parece que no habrá revelación alguna. Todo parece camino sin camino, camino que no llega a ninguna parte. El Señor pasa cuarenta días en el desierto para vencer la tentación. Se trata, para nosotros, de descubrir este tiempo de prueba que Jesús ha vivido libremente. Él ha ocupado libremente nuestro lugar. Esto hace el Señor por nosotros. Quiere eliminar lo malo que hay en nosotros para hacernos gozar de su plenitud.

No pensemos que fueron días felices y de oración luminosa con el Padre, sino que fueron días de verdadero desierto, desierto árido, desolador. “Adentrarse en el desierto y permanecer allí largamente, solo, significaba exponerse libremente a los asaltos del enemigo, el tentador que hizo caer a Adán y por cuya envidia entró en el mundo la muerte; significaba entablar con él la batalla en campo abierto, desafiarle sin otras armas que la confianza ilimitada en el amor omnipotente del Padre: Me basta tu amor, me alimento de tu voluntad”. (Benedicto XVI, Homilía 17-2-2010).

La Cuaresma debe ser para nosotros un nuevo encuentro con el Señor. Tenemos que descubrir que la vida cristiana es una vida en la cual hay que comprometerse. Que la Palabra de Dios en esta Cuaresma penetre en nosotros. Es Palabra viva y nos introduce en el misterio de Dios. La Palabra de Dios está ante nosotros para que podamos decir que estamos decididos a seguirle. Si Cristo pasó por la tentación, fue para triunfar sobre ella. Somos ya grandes vencedores en Cristo. Todo está ganado si nos mantenemos unidos a Él.