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Y del mismo modo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga en él vida eterna. (Jn 3, 14 – 15).

Desde el comienzo del Evangelio de Juan vemos cómo todo se dirige a la Pasión del Señor, todo se dirige hacia su entrega para, con ella, darnos vida. Este pasaje de la lectura evangélica del Domingo IV de Cuaresma, nos sirve como pórtico perfecto para entender en la medida de lo posible la Semana Santa, ¡la Semana Grande! Todo se dirige a este momento.

Desde esta entrada, vamos impulsados al Viernes Santo, en el que Cristo Redentor revela plenamente el hombre al mismo hombre, porque le muestra el valor de su vida, una vida que vale la sangre del Señor. A su vez, le muestra el Amor que da vida a cada hombre. Es el Amor de Jesús que, con su muerte, nos ha salvado, nos da la Vida Nueva que brota de su costado abierto en la Cruz. Este amor se une al Amor del Padre que entrega a su Hijo único para que nosotros, pecadores, tengamos vida. Por eso, en este día se nos invita a entrar en el misterio redentor de Cristo, en su Pasión y su Muerte, con todo nuestro ser, para así descubrir el amor de Cristo. Porque, como dice san Agustín, la vida nos la aportó él a nosotros; la muerte, en cambio, la recibió él de nosotros; no porque él la mereciese, sino en beneficio nuestro.

De esta manera, llegamos a la Vigilia Pascual, en la que se nos manifiesta que el Amor es más fuerte que la muerte, porque Cristo, resucitando, destruyó la muerte y nos dio la Vida nacida de Él. Así, la muerte no tiene ya la última palabra, sino Dios, cuyo mayor deseo es nuestra salvación. Y ese amor Salvador, que es invencible, nos abre la puerta del Cielo; nos hace, si creemos en Él, participar en la vida de Dios. Porque todo lo que hizo el Señor es para que nosotros tengamos vida eterna. Éste es el beneficio que Cristo nos da: que, creyendo en Él y por su Muerte y Resurrección, nosotros tengamos vida eterna, descansando en la alegría de sentirnos profundamente amados por un Dios que da su vida por nosotros. Y al mismo tiempo, tengamos la esperanza de poder ver a Dios cara a cara en el Cielo, porque con su Resurrección y Ascensión, que celebraremos 40 días después, Él nos ha abierto la puerta del Cielo para que gocemos de la Alegría de Dios.

Que estas fiestas pascuales, nos ayuden a adentrarnos más en el Misterio de Dios que es Amor y da su vida para que nosotros tengamos vida.

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