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Y Jesús dijo: “Si alguno tiene sed, que venga a mí, y que beba. El que cree en mí, de su seno correrán ríos de agua viva”. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu Santo que iban a recibir los que creyeran en él. (Jn 7,37 – 39)

La promesa del ‘agua viva’ es explicada por el mismo evangelio como referida al Espíritu Santo. Una promesa que Jesús cumplió al llegar el día de Pentecostés (Hch 2,1). 

La presencia de Dios en el corazón es capaz de transformar un corazón cobarde como el de los discípulos. ¡Cuánto temblaron cuando el Señor murió en la Cruz, cuántas veces oyeron no temáis y sin embargo temblaban! La situación era adversa: el mundo los perseguía, el mundo no los comprendía, el mundo quería hacerlos desaparecer. Y los discípulos temblaban. Hasta que el Espíritu prendió fuego en sus corazones. Benedicto XVI explicó que “las lenguas de fuego simbolizan esa presencia del Espíritu en cada uno de nosotros”; no es que se depositara en un grupo; es que estando en cada uno produce la unión, y estando en cada uno transforma a cada uno.

Y los discípulos estaban reunidos, unidos en un mismo corazón, no sin la presencia de la Señora. El Espíritu Santo quiere dejar claro que esa unidad tiene como escenario la presencia mariana. 

Lo que ocurrió un día a los apóstoles con María, ocurrió también en el corazón de la santa española Micaela del Santísimo Sacramento, y debe ocurrir también en el mío. Contaba ella un día de Pentecostés: “sentí una luz interior, y comprendí que era Dios, tan grande, tan poderoso, tan bueno, tan amante, tan misericordioso”, pero ¿esto no lo había escuchado Micaela previamente? Sí, pero ahora lo comprendió, de otra manera; ¿eso no se lo habían predicado muchas veces? Sí, pero ahora recibió una luz interior, que da un convencimiento capaz de convertir a unos apóstoles cobardes en pregoneros de la fe. 

Y decía esto Jesús refiriéndose al Espíritu Santo que habían de recibir los que creyeran en Él. Diecinueve siglos después le ocurre a Micaela, y ¡hoy! te puede ocurrir a ti. Ese defecto dominante, ese pecado, esa falta, ese apego, ese desapego, esa fobia, esa filia, (esa que estás pensando, ¡esa!) la puede resolver Dios ¡en un instante! Él tiene en cuenta mi trabajo, mi fe y mi confianza, y los potencia hasta hacerme conseguir lo que me parecía irrealizable: el Espíritu Santo puede dar un vuelco de 180 grados a mi vida.

María, la esposa del Espíritu Santo nos alcance ese impulso transformador para que ya, de una vez por todas, nos decidamos a entregarnos del todo al que todo lo entregó por nosotros.

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