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El pasado mes de febrero nuestro ritmo habitual se vio cambiado por una acción evangelizadora sin precedentes en nuestro Seminario. Dentro de la Gran Misión que estamos viviendo, los seminaristas tuvimos la ocasión de dedicar una semana completa -del 15 al 21- a realizar una misión popular en Moraleja de Enmedio, uno de los muchos y queridos pueblos de nuestra diócesis. Ciertamente ha pasado ya un tiempo, pero no queríamos dejar de compartir contigo, estimado lector, todo lo que allí vivimos.

Multitud de iniciativas ocupaban las jornadas. A primera hora comenzábamos con un rato de adoración al milagro eucarístico que el Señor ha regalado a este pueblo desde hace ochenta años. Después, salíamos a las calles y a las casas para bendecirlas y poder charlar con los paisanos, cuantos más mejor. A mediodía, los misioneros éramos invitados a comer por distintas familias que nos abrían su hogar -y su corazón- de par en par. 

Llegada la tarde, visitamos distintos grupos de la parroquia: catequesis, formación bíblica, matrimonios… ¡incluido el grupo de teatro! Cada jornada, como no podía ser de otra manera, alcanzaba su cumbre en la celebración de la Eucaristía. El viernes al caer la tarde, rezamos el via crucis por las calles. Y el domingo, para concluir la misión, tuvimos dos actividades especiales: en primer lugar, la renovación de las promesas matrimoniales; finalmente, una gran comida en el campo con todo el pueblo, a la que nos acompañó nuestro obispo don Joaquín, y en la cual cada uno aportó lo mejor de sí.

Fue una semana vivida con mucha alegría y emoción por lo que estábamos realizando. Cada uno de nosotros tuvo ocasión de ser testigo de cómo el Señor obra en la vida de las personas y de ser instrumento en sus manos para poder llegar a todos. En todo ello estuvimos acompañados por don Jesús Parra, el párroco, a quien damos las gracias por su ayuda y testimonio. Y por supuesto, gracias a todos los moralejeños, que con tanto cariño nos acogieron.