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En mitad de las suaves colinas cordobesas, cuajadas de olivos, surgía un cerro rocoso, picudo, arisco, inesperado. Estos cerros se llaman “cerros testigos”, me dijeron luego, y parece ser que indican cómo era el terreno antes de que la erosión, primero, aplanara el entorno y el hombre, luego, llegara con su laboreo y transformara el terreno. A nosotros nos surgió al paso de nuestra peregrinación a Montilla. Quedaba a la izquierda de la carretera, en un tramo de bajada, y resultaba una imagen espléndida iluminado por la luz poniente de un sol que buscaba huecos entre las nubes. Por supuesto, le hice foto, aunque en aquel momento no sabía que me serviría para mi meditación; le hice la foto porque me pareció bonito.

Entramos caminando en el pueblo de Montilla, siguiendo la ruta que san Juan de Ávila seguía al entrar o salir del rincón cordobés donde se había retirado. En una plazita nos recibió -sotana negra, sonrisa blanca- el rector de la Basílica Pontificia y Santuario de san Juan de Ávila. Con su ayuda, y la del vicerrector, a lo largo del fin de semana vimos lo que puede hacer la mano de Dios cuando Él viene con su laboreo y dejamos que transforme nuestro terreno. En Montilla, donde pasó sus últimos años, se veneran el sepulcro y las reliquias de san Juan de Ávila -patrono del clero secular español y flamante nuevo doctor de la Iglesia-. Allí conocimos cómo Dios labró la tierra de este sacerdote y cómo le utilizó de instrumento para su obra en otras muchas personas, entre los que destacan santos como san Juan de Dios o san Francisco de Borja,  bonito, aunque las miradas extrañadas de varios de mis compañeros me hicieron ver que, quizá, lo de “bonito” era una opinión personal discutible. Afortunadamente, íbamos en silencio, por lo que me ahorré los comentarios.

Al volver al seminario, viendo las fotografías, recordé aquel “cerro testigo”. Me parece a mí que en la vida humana, por desgracia, sucede al revés que en la naturaleza: en mitad de un paisaje rocoso, picudo y arisco surgen, inesperadamente, pequeñas colinas suaves, cuajadas de cereales u olivos, donde se percibe con claridad el laboreo de Dios. Son testigos de lo que puede llegar a ser cualquier hombre cuando deja que Cristo trabaje el terreno de su alma. Quiera Dios que el santo apóstol de Andalucía nos ayude a ser nosotros también tierra labrada que dé fruto en la obra santa. Que no seamos nosotros ariscos, rocosos, picudos, sino tierra buena que pueda dar mucho fruto personal, y podamos ser lugar apacible y punto de encuentro y acceso a Dios para quienes nos rodean.

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