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La cara del monaguillo al soltar tan lapidaria frase fue indescriptible. Las carcajadas que sonaron en la sacristía se debieron oír con claridad en la capelinha, donde el resto de los peregrinos esperaban en oración tras terminar la misa.

Ni siquiera sabemos si el niño era, realmente, de nuestra peregrinación o había "aparecido por allí". No lo pudimos averiguar. Pero sí nos hizo notar, con esa espontaneidad, que lo que estábamos viviendo no era un viaje cualquiera. Que se palpaba lo espiritual. Y en Fátima es fácil que ocurra esto.

Fátima es un lugar donde el cielo se ha abierto para nosotros de un modo muy visible, si confías en los testimonios de los pastorcillos. Estamos tan acostumbrados a tener a Dios allí arriba, encerradito en el cielo, sin que nos moleste en nuestras cotidianidades, que cuesta aceptar que Dios, como Señor del Mundo, puede irrumpir en el mismo cuando quiere. O puede enviar a su Madre a darnos una muestra de Su misericordia y, al mismo tiempo, del dolor que siente por nuestras faltas. No, preferimos que no nos moleste demasiado…

Y nos sorprenden las apariciones marianas, en las que ese Dios al que queremos encerrar parece romper sus barrotes. Y nos conmueve la inocencia de unos pastorcitos que entienden perfectamente lo que significa ofrecerse por la salvación del mundo. Y nos revoluciona el corazón la adoración del Ángel al Santísimo Sacramento. Y prometemos mil cosas a la Virgen allí en Fátima porque, allí sí, allí el cielo se ha abierto para nosotros.

Pero el cielo se nos abre continuamente. Si lo quieres ver así, Dios rompe esos barrotes que le queremos poner y entra en nuestras vidas constantemente, sin darnos cuenta a veces. Lo hace muy especialmente en cada Eucaristía: Dios baja y se hace vivo en el pan y el vino, transformándolos en Él mismo. ¿Y aún creemos que Dios está encerrado en el cielo?

Fátima ayuda a darnos cuenta de esto. Al salir de nuestras rutinas para ver algo extraordinario, como son las apariciones marianas, tenemos una nueva oportunidad para descubrir que lo extraordinario está en lo ordinario. Y así recuperar la maravilla por el Dios que se nos entrega cotidianamente, por el cielo que se nos abre cada Eucaristía.

Cuando te rodeas de gente que quiere vivir los viajes así, es más fácil que tú mismo no te pierdas, que podáis palpar lo espiritual. Descubrirás que has salido fuera de casa, pero que no estás de viaje. Estás de peregrinación.

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