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Si veis una mañana lluviosa y fría a un grupo de unos 30 varones, caminando absurdamente bajo la lluvia por la montaña, sin seguir ningún camino… saludadnos, porque seremos nosotros. Hoy, que amaneció gris y que se preveía lluvia continua, hemos ido de excursión a pasear por la montaña. Hemos caminado hora y pico por una senda circular hasta llegar a una ermita, que estaba a cinco pasos de donde habíamos dejado las furgonetas. Los guías lo sabían, por supuesto, su idea era caminar. Pero cuando, tras atravesar zarzas y jaras, subir rocas y esquivar troncos, resbalando con musgo y empapados hasta la ropa interior, hemos llegado a nuestro destino, junto a las furgonetas, la cara de más de uno era “muy poco cristiana”.

La verdad es que ha sido una mañana en la que he disfrutado una barbaridad con todo. Y me ha dado la oportunidad de agradecer a Dios la amistad fraternal que me regala con mis compañeros de seminario. Es una bendición tener estos acompañantes en esta inmensa aventura que es descubrir lo que Dios quiere de ti. Y eso que yo, en cuestión de amistad, reconozco ser una persona muy afortunada, porque tengo muchos amigos, y porque el círculo que forman mis amigos más íntimos desde los 18 años es un inmenso regalo de Dios.

Así que ha sido una mañana de dar gracias.

Y cuando, tras no visitar la ermita (porque –oh, sorpresa- estaba cerrada), nos hemos ido a ver a las Hermanitas de los Pobres y a pasar un rato con los ancianos de su residencia, ha sido otro momento especial para dar gracias. Pues la labor que hacen las Hermanitas es admirable, y una clara obra de Dios.

Y porque tenían techo y ya no nos mojábamos…

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