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El día 7 de abril del año 1938, un joven religioso, desde un monasterio palentino, escribía en su diario: Qué bien se vive junto a la Cruz de Cristo. A los diecinueve días, con 27 años, moría de un coma diabético tras meses de agonía, postrado en una cama y destrozado por los dolores y la sed, el que hoy llamamos San Rafael Arnáiz Barón. Su secreto: el Amor; su esperanza: la Misericordia; su destino: el cielo; su maestra: la Cruz. Posiblemente muchos en el mundo piensen que una vida de pobreza y amor a Dios en lo más escondido no tiene valor alguno si lo comparamos con el futuro que podría haber tenido el hijo de una familia noble que, en una época difícil, tenía incluso sus estudios en arquitectura; pero hoy es santo porque Dios hizo que su corazón se apartase de dichas alturas, y que la única cima que coronase en su vida fuese el Calvario. Cuántos edificios hubiese diseñando aquel Rafael y cuántos triunfos y aplausos; pero prefirió construir la Iglesia siendo modelado por Cristo con el cincel de la Pasión, subiendo día a día tras Él a este monte, y ser feliz plenamente, ya que Allí encontraba a María, a Juan y a todos tus amadores, como él mismo decía. Como él, miles de santos, canonizados y anónimos, pusieron sus ojos en el Corazón de Cristo y le siguieron, haciéndose moldeables en la abnegación y decididos a amar sin reservas.

Este es el primer paso para que tú y yo nos sumemos a esta alabanza eterna a Dios, pues todos abrazamos cruces; muchos, algunas tan pesadas como el hambre, la soledad, el paro, la privación de libertad o la enfermedad… Y, lo más doloroso, millares viven esto sin ninguna esperanza. Es hora de agradecer y ofrecer. No te quedes en las piedras que quedan clavadas en tus pies y te impiden admirar la calzada que te lleva a la meta. No te conformes con sobrevivir cuando estás llamado a vivir lo eterno. Comprendemos así la importancia de mirar a los que nos han precedido en este camino; de confiar nuestras dificultades a los que, como María, amaron de verdad. Es de necios no mirar a María cuando la oscuridad nos impide ver el Rostro de Dios, si una de las lágrimas junto a la Cruz es Su mejor reflejo, o no pedir el vino de la Alegría a la Madre del que apaga toda sed. Ella y los santos son la garantía de que la Gloria se alcanza con la ofrenda de lo cotidiano. Cuánto pueden enseñarnos los que cambiaron rutina por eternidad, sobrevivir por vivir eternamente, ego por comunión, un “yo” por un “Él” hasta llenar la vida con un simple: ¡Sólo Dios!