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Cada familia, cada persona, puede encontrar en "La alegría del Amor" pistas para su caminar en familia, y también para vivir la pertenencia eclesial como familia que peregrina. Es significativo que el Papa Francisco recorra los distintos momentos de la persona y de la familia iluminando las distintas situaciones desde la presencia de Cristo en la vida de cada uno. A lo largo de los distintos capítulos cada persona va a encontrar la mirada y el gesto amable de Francisco, va a descubrir un Papa que se sienta en la cocina de casa para hablarnos de lo que vivimos y estamos llamados a vivir en la vida cotidiana de nuestros hogares y  también va a escuchar a un Pastor preocupado por sus ovejas más frágiles.

Más allá de los juicios apresurados de los medios  de comunicación el Papa Francisco nos invita a una lectura atenta y paciente, parte por parte, profundizando en lo que se va leyendo, desde la conciencia clara de que las familias “no son un problema, son principalmente una oportunidad”.

Esta lectura en profundidad debemos realizarla desde tres claves: 

- Fidelidad a la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia. Proclamando  la sacralidad de la vida, de toda vida, y anunciando la unidad y la indisolubilidad del vínculo conyugal como signo de la gracia de Dios y de la capacidad del hombre de amar en serio. 

- El anuncio de la verdad que no cambia según las modas pasajeras o las opiniones dominantes. La verdad que protege al hombre y a la humanidad de las tentaciones de endiosarse y querer ser el que decide lo que está bien y lo que está mal.

- Y la misericordia que se vive en la familia aceptando incondicionalmente al otro, una misericordia que busca y cura a las parejas heridas con el aceite de la acogida y el amor; que quiere acoger a quien llama pidiendo ayuda y apoyo; aún más, sale al encuentro de los que viven su fragilidad con amor verdadero, para caminar con la humanidad herida, para conducirla a Jesucristo.

La Alegría del Amor es un regalo para toda la Iglesia y a la vez nos invita a todos a profundizar sobre nuestra vida familiar para crecer en ella y vivirla cada vez más evangélicamente. También supone un reto para los seminaristas que son invitados a formarse con dedicación en todo lo que hace relación al matrimonio y a la familia, y a crecer en su capacidad de acompañamiento y discernimiento, para salir al encuentro de tantas familias que buscan una ayuda para vivir su vida familiar a la luz de la voluntad de Dios.

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