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“Nos creaste, Señor, para Ti, y nuestro corazón estará siempre inquieto hasta que no descanse en Ti”. Esta frase del libro de las Confesiones resume la vida de San Agustín: desde su adolescencia buscó siempre la satisfacción de sus aspiraciones más íntimas; sondeó la creación, exigiéndole algo que ella no puede dar, buscando en los bienes materiales la felicidad perdurable que todo hombre anhela.

El pecado original en el que fuimos concebidos ha alterado nuestra humanidad hiriéndonos con la concupiscencia, y ella nos ocasiona serias dificultades para abrirnos a Dios, el único que puede saciar nuestro deseo de ser felices. Los cristianos, a pesar de haber sido perdonados y constituidos hijos por la gracia del Bautismo, experimentamos una cierta violencia cuando emprendemos los caminos de Dios que nos inclina al pecado, y en muchas ocasiones nos convertimos en víctimas de su poder seductor.

La conversión supone arrancar de la propia vida todo obstáculo pecaminoso que nos impida verle a Él; no considerar la creación sino desde la relación de amistad con Jesucristo. La conversión es negar al hombre viejo, mundano, para que, libres de toda atadura, podamos correr como Agustín hacia la meta para la que hemos sido creados: la comunión con Dios. Éste es el sentido de la oración, el ayuno y la limosna; tres prácticas muy destacadas en este tiempo de las que Dios ha querido servirse para adornarnos con su gracia y abrirnos hacia Él.

Dios es Amor, y Él nos amó primero, y nos amó hasta el extremo. Jesús mismo dijo que nadie tiene más amor que el que da la vida por los suyos. Pues bien, de aquí nace la alegría novedosa de los cristianos: nadie tiene más amor que Él, y nosotros (usted y yo) somos los suyos. La vivencia de esta realidad profunda, gozosa y fecundísima es lo que posibilita que el Espíritu Santo configure en cada fiel un corazón de hijo, una vida verdaderamente cristiana. La Cruz y la Resurrección, la Pascua de Cristo, ha de ser el centro de nuestra vida, y el agradecimiento que la gracia hará brotar en nosotros nos transformará en hombres nuevos, en amigos de Dios.

Esto es la Cuaresma: un tiempo de conversión, un destierro del pecado, una oportunidad para volverse a Cristo. La Cuaresma es búsqueda de Dios, es saberse amado personalmente; es reafirmarse en Jesucristo, es dolor por cuanto le hemos ofendido. No es un tiempo lúgubre y oscuro, más bien al contrario: es acabar con nuestras tinieblas y aceptar a quien es la Luz del mundo; es el momento de nuestra redención.

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