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Son muchas las puertas que el mundo nos abre para alcanzar el éxito, la felicidad, el reconocimiento, y sin embargo no hay ninguna que todavía haya dado respuesta a los deseos más profundos del corazón del hombre. Existe una puerta que a menudo nos puede pasar desapercibida: es la puerta de la misericordia. Sería bueno recordar el año que la Iglesia nos ha invitado a vivir y tener siempre presente que la Misericordia de Dios no se acaba nunca. La Puerta Santa se cierra pero el corazón de Dios permanece abierto para siempre, esperándote y dispuesto a darse a ti con un amor sin límites.

Durante este Año Santo de la Misericordia el Papa nos animaba a cruzar la Puerta de la Misericordia y empaparnos del Amor de Dios que sale a nuestro encuentro. 

“Entonces va Jesús con ellos a una propiedad llamada Getsemaní, y dice a los discípulos: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar»”. (Mt 26, 36) El Señor te invita a sentarte y contemplar con el corazón despierto este espectáculo de la misericordia. Es la soledad de Cristo junto a sus discípulos, en su particular patio de cuadrillas, a la espera para lidiar con la muerte, con solo la fuerza del amor para dar la estocada final. Ninguno de sus discípulos podrá distraerle de la Voluntad del Padre; ni siquiera Pedro, su mozo de espadas, podrá impedir su entrega amorosa. “Vuelve la espada a la vaina”, le dijo Jesús. (Mt 26, 52) Porque no es la gallardía lo que está en juego, sino la misericordia. Será Judas, como un alguacilillo, el que abra con un beso el paseíllo hacia la pasión. Ha cumplido fielmente las órdenes de los sumos sacerdotes y tiene la llave que abre la Puerta de la Misericordia. Todo está preparado para el gran espectáculo de la Redención. A partir de aquí deja que el corazón se empape del amor de Dios por ti.

Por último quería ofrecerte unas palabras del Papa Francisco cuando afirmó que: “Al escuchar misericordia, esta palabra cambia todo. Es lo mejor que podemos escuchar: cambia el mundo. Un poco de misericordia hace al mundo menos frío y más justo. Necesitamos comprender bien esta Misericordia de Dios, este Padre misericordioso que tiene tanta paciencia”. ¿De qué manera viviremos este misterio de Amor? ¿Seremos capaces de sumergirnos en la Misericordia de Dios? No seamos como Judas, que habiendo descubierto el rostro amoroso de Dios no supo adentrarse en Él. Salgamos a hombros de Cristo, como la oveja perdida a hombros de su pastor, por la Puerta grande de la Misericordia.

 

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