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Bienvenido a la sociedad perfecta: los coches se conducen de manera autónoma. Ya no habrá accidentes, tampoco habrá ya atascos. Las casas se limpian por sí mismas, el frigorífico hace la compra, tu robot de cocina te ha preparado la comida. Tu ordenador se actualiza por sí mismo, te selecciona tus correos electrónicos, te busca lo que necesitas, incluso puedes ‘conversar’ con él.

Un paso más allá: ya no hay que trabajar. Los trabajadores robots te reciben con agrado siempre, no se quejan, trabajan sin parar, sin tiempo de descanso, no enferman, no hay que pagarles un salario.

En el restaurante, ya no tendrás que volver a pedir tu plato porque se le ha olvidado al camarero. Tampoco te recibirá con mala cara, provocada por el exceso de horas de trabajo. Ya no tendrás que conversar incómodamente con tu taxista. El barrendero estará trabajando de madrugada, para que al despertar, encuentres las calles impecables. Tampoco necesitas aprender. Puedes conocer cualquier dato con las enciclopedias digitales, puedes hablar cualquier idioma con los traductores.

La tecnología es muy útil. Y tú, ¿para qué sirves? No sirves para nada. No eres útil, porque no eres un medio, eres un fin. Una herramienta es un medio, porque sirve para hacer algo, como por ejemplo el martillo, que sirve para clavar clavos. Un ser humano no es un medio, porque no somos herramientas, no somos cosas, sino personas, fines en nosotros mismos.

Una persona no es un robot, pero su trabajo sí nos es útil y beneficioso porque el trabajo es un medio también; un medio para fines más altos: para ganar dinero, para vivir y cuidar de la familia, y ¿para qué más?, ¿cuál es nuestro último fin?, ¿para qué vivimos? Lo que todos buscamos, desde que nos despiertan del profundo sueño de la inexistencia hasta que nos dormimos por la fatiga de la vida, es la felicidad.

Normalmente buscamos la felicidad en cosas muy pequeñas, cosas materiales, olvidándonos nuestra dimensión trascendental. El abismo del corazón busca algo mucho más grande que el dinero, las propiedades, la fama, el poder, el éxito, el placer, porque nada de este mundo satisface completamente nuestros deseos. Los cristianos somos muy afortunados, porque sabemos que los hombres no sólo buscamos la felicidad, sino que es la felicidad la que nos busca a nosotros, porque la felicidad es Cristo, que se hizo presente en el mundo en Belén, asumiendo nuestra debilidad, y que ahora está presente en la Eucaristía, para que asumamos su divinidad.