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Cierto día, un joven pianista pidió a su maestro que le dejara tocar la pieza más difícil que jamás se hubiere compuesto. Tras una pausa, el famoso profesor se dirigió a su mesa de trabajo y garabateó en un pentagrama. “Me preguntas, querido discípulo, si puedes tocar la melodía más compleja que existe… Pues ésta es.” ¡Cuál no fue la atónita expresión del joven al contemplar la partitura! En ella un solo símbolo brillaba por su soledad. “Así es –dijo el venerable maestro– no hay mayor expresión del hombre que el silencio cuando está lleno de contemplación.” 

Vivimos en un mundo en constante ruido. La radio nos despierta, el griterío del metro agota nuestra paciencia, la televisión es nuestra eterna compañera de las noches, y en medio de este caos estoy yo con mis cascos que, francamente, tapan de maravilla mi estruendo interior.

Pensemos sinceramente cuántos momentos de nuestro día pasamos en silencio, en silencio real… Si ya es difícil encontrar un lugar silencioso, cuánto más es pretender que mi imaginación y mi pensamiento dejen de dar saltos de una imagen a otra sin reposo. Y sin embargo, el silencio es una parte esencial de nuestra vida. Es sólo en el silencio donde se nos abre la posibilidad de viajar hasta lo más profundo de nosotros mismos, de encontrarnos cara a cara con nuestra realidad. 

Este aspecto implica cierto dolor: no es fácil confrontarse con la propia debilidad, pero paradójicamente, al encontrarnos con nosotros mismos, nos vemos inclinados a reconocer nuestra dependencia de Alguien mayor. En la angustia del silencio hay Alguien que nos llama. San Rafael Arnaiz decía que “mientras no busquemos a Dios en el silencio y en la oración, mientras no estemos quietos, no hallaremos la paz, ni encontraremos a Dios.” Y es que el silencio es un morir a mí mismo para atender exclusivamente a lo que viene de Dios. De este modo ya no se trata simplemente de vivir en el silencio de palabras sino de vivir en constante escucha de Dios.

Este es el secreto de la oración. “La oración contemplativa es silencio. Las palabras en la oración contemplativa no son discursos, sino ramillas que alimentan el fuego del amor. En este silencio, el Padre nos da a conocer a su Verbo encarnado, sufriente, muerto y resucitado”. Se trata del silencio del cuerpo que deja al alma gozar en la contemplación de Dios. Nos conviene recordar que nuestra boca es para cantar a Dios, al contrario del mundo que cierra la boca cuando se quiere hablar de Dios.

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