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Toda la Iglesia celebra agradecida la canonización el 13 de mayo de Francisco y Jacinta Marto, dos de los pastorcillos de Fátima. El Papa Francisco ha querido presidir él mismo la ceremonia en el mismo lugar donde, hace ya cien años, María se apareció a los tres niños. Si Fátima es siempre un lugar de gracia, sin duda lo es mucho más en este año del centenario.

Durante la peregrinación diocesana de Marzo  pude escuchar a dos personas mayores que decían: “No comprendo por qué la Virgen María le pide esto tan duro a tres niños”. Sin duda que se refería a la oración de reparación al corazón de Dios, la penitencia, el ofrecimiento personal por la conversión de los pecadores, su consagración a María…

Y en ese momento comprendí por qué la Virgen puso los ojos en Lucía, Francisco y Jacinta: porque tenían corazón de niño. Y el niño acepta y se fía. No necesita un razonamiento exhaustivo, sino que le basta conocer el deseo de su madre y hace todo lo que está en su mano para aliviarlo. Y así comprendieron ellos que la oración y la penitencia no son lo principal del mensaje de Fátima, sino sólo el camino para alcanzar la gracia y la misericordia que Dios mismo prometió a Lucía.

Fátima no es un mensaje “dolorista” sino que está lleno de esperanza; pero tampoco es ingenuo porque es una llamada seria a la conversión. Reconoce que el mundo, que está muy herido, se emperra en morder la mano que le da de comer y parece no cansarse de ofender a Dios. Ante esto María reaccionó, como ya hizo en Caná antes de que se quedaran sin vino, y se puso manos a la obra. Entregó un único mensaje que desarrolló en tres partes: mostró por un momento el infierno, pidió la consagración a su inmaculado corazón y mostró una ciudad en ruinas. Pero no todos la comprenderían bien. Por eso eligió a quienes pudiesen sintonizar con su dolor de hija, de madre y de esposa: a niños con corazón de niño.

Por algo decía Jesús a sus apóstoles: “Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18, 3). Porque a veces seguimos a Cristo con el corazón endurecido, pensando que ya tengo suficiente con ir tirando con lo mío. Pidamos a estos niños, y a María, que intercedan ante Dios para que nos conceda un corazón manso y humilde como el suyo. Y que nosotros también nos entreguemos para llevar este mensaje de esperanza a nuestro entorno, confiados en la promesa de María: “Al final, mi corazón inmaculado triunfará”.

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