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«Quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida (Ef 2, 12). La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando “hasta el extremo”, “hasta el total cumplimiento”.» (Benedicto XVI)

Todos tenemos esperanzas. Esperamos pasar unas fiestas de Navidad agradables, esperamos cumplir los propósitos del nuevo año… No es esta la esperanza a la que quiero dedicar estas líneas.

Tenemos tendencia a reducir la esperanza a algo perteneciente a la conciencia, un deseo psicológico de algo que suponemos que vendrá. Pero pensemos un momento: ¿por qué deseamos lo que deseamos? Deseo la comida porque quiero sobrevivir, deseo aprobar un examen porque quiero ser una persona de provecho el día de mañana. ¿Y si deseo ir al cielo? ¿Y si deseo vivir para siempre?

La realidad es que las cosas de este mundo no me pueden dar la vida eterna. Podrán saciarme momentáneamente, pero no pueden dar satisfacción al deseo que hay en mi corazón: la felicidad, la bienaventuranza eterna.

En este tiempo de Adviento, en el que contemplamos la segunda venida de Cristo, que vendrá a juzgar a vivos y muertos, te animo a considerar lo mucho que Dios te ama. Él te ha pensado desde la eternidad para que llegues a ser su hijo, su hija. Para que lleguemos a ser hijos en su Hijo Jesucristo. ¿Hay maravilla semejante?

Espera, aún hay más. Si vivo mi vida diaria con la certeza de que llegaré un día a encontrarme cara a cara con Cristo, puedo vivir en esperanza. No solo podré desear con el pensamiento sobre algo que puede que llegue en el futuro, sino que la esperanza verdadera moverá mi vida, mis acciones tenderán a la esperanza. Me siento amado profundamente por Dios y quiero corresponderle con mi vida sencilla de cada día.

La esperanza, por tanto, es una respuesta a la llamada de Dios, que verdaderamente apuesta por nosotros. Él tiene esperanza de que lleguemos a participar de su misma vida divina. Dios nos da su gracia.

«Pero la esperanza, dice Dios, sí que me sorprende.
A mí mismo. Sí que es sorprendente.
Qué grande tiene que ser mi gracia y la fuerza de mi gracia
para que esa pequeña esperanza, vacilante al soplo del pecado,
temblorosa a todos los vientos, ansiosa al menor soplo,
sea tan invariable, se mantenga tan fiel, tan recta, tan pura e invencible,
e inmortal, e inextinguible.» (Charles Péguy)

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