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A menudo oímos hablar de la santidad e incluso nosotros mismos decimos que queremos alcanzarla, ser santos. En ocasiones parece que esta palabra se nos queda corta, porque nos la repiten o la repetimos mucho, y añadimos: “pero santos de verdad ¿eh?”, queriendo indicar que no es un decir; que ser santos no es una cosa más de nuestra fe, sino a lo que todos estamos llamados.

¿Pero qué es la santidad? ¿Es verdad que todos debemos aspirar a ella? El Concilio Vaticano II, en el número once de la Constitución dogmática Lumen Gentium, parece respondernos a esta cuestión: «Todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados cada uno por su propio camino a la perfección de la santidad, cuyo modelo es el mismo Padre»; y en la Escritura encontramos numerosas llamadas a la santidad, como en Levítico 19, 2: «Sed santos, porque yo, Yahvé, vuestro Dios, soy santo»; o en Mateo 5, 48: «Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre del cielo». En el lenguaje bíblico, “santo” significa “consagrado”, y la perfección es sinónimo de la santidad. Queda, pues, claro que todos los consagrados por el Bautismo, los cristianos, estamos llamados (e incluso se nos exige) a ser santos. ¿Cómo? Siguiendo el modelo del Padre, como se nos ha dicho.

La santidad es una respuesta libre a una llamada primera de Dios. Esta respuesta implica nuestra adhesión total a Él y a su voluntad, «porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo unigénito» (Jn 3, 16). Todos hemos tenido experiencia de lo que ha hecho Dios en nuestra vida, las maravillas que ha obrado; conocemos al Señor y su bondad, misericordia, generosidad y grandeza. En su Palabra leemos que es manso y humilde de corazón (cf. Mt 11, 29) y que ha entregado su vida en la cruz por cada uno de nosotros personalmente. Por otro lado, vemos nuestra indiferencia y frialdad ante tanto amor en multitud de ocasiones, y no sólo por nuestra parte: también presenciamos el desprecio, humillaciones y blasfemias que recibe de los hombres.

Al contemplar esto, san Francisco de Asís gritaba: “el Amor no es amado”. En multitud de ocasiones no sabemos qué hacer para corresponder a tanto amor recibido. Pues bien, al amor se responde con amor. Amemos a nuestro Dios con el mismo corazón de carne con el que Él nos ha amado; en esto consiste la santidad.
Fijémonos en cómo han respondido los santos, a los que la Iglesia ha canonizado y nos propone como modelos a seguir, porque han practicado heroicamente las virtudes y han vivido en la fidelidad a la gracia de Dios (Catecismo de la Iglesia Católica, 828); fijémonos en cómo Cristo amó al Padre o cómo María ha amado a Jesús, y también demos gracias a Dios constantemente por su Iglesia, que nos ha sido dada para que caminemos en santidad.

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