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La Pascua es la fiesta más grande para la Iglesia, esposa de Cristo, que se alegra del triunfo definitivo de su Señor sobre la muerte y el pecado. Todas las celebraciones del año serán celebraciones de este acontecimiento que ha marcado la historia. Antes de su pascua, el cielo estaba cerrado, “éramos enemigos de Dios por nuestras malas acciones”. Por la redención, llevada a cabo por nuestro Cordero inmolado, Cristo, podemos vivir la vida de hijos de Dios en el amor.

La oración de Cristo ha sido escuchada. El Padre levanta de lo más hondo a su Hijo amado, constituyéndole dador del Espíritu de Vida. San Pablo reconocerá la centralidad de este misterio al exclamar: “si Él no ha resucitado vana es nuestra fe” (1Cor 15,17).

La fe escucha de los mismos labios de Jesús que está vivo: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Su corazón sigue latiendo, sus pies traspasados siguen buscando al hombre de todos los tiempos; esta certeza hacía exclamar a un santo de nuestro tiempo: “temo a Jesús que pasa”. Su presencia resucitada es universal, el mundo se ha llenado de su luz.

La esperanza se ha dilatado y cimentado en su pascua, porque su paso de la muerte a la vida nos incluye. La vida resucitada la podemos pregustar: “oh sagrado banquete en que Cristo es nuestra comida”. Ya vivimos con Él la nueva vida. Por el bautismo hemos sido sellados con su victoria, pero debemos afirmar que ahora vemos como en espejo y que el cara a cara definitivo y pleno se dará solamente en nuestra propia resurrección, consecuencia de la suya. Allí la esperanza será plena, porque no habrá nada que haga peligrar nuestra adhesión a Él. Nuestra libertad será perfecta y nuestros cuerpos débiles transformados como el suyo. “No habrá ya tristeza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar”.

¿Quién nos separará de su amor? (...) En todo esto vencemos fácilmente”. Cristo nos ha dado su amor, que opera en nosotros y salta a hasta la vida eterna. Su amor redentor se hace en nosotros fuente que se da a los demás. Podemos decir que el amor de los cristianos hace presente a Cristo: “ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gal 2,20).

Nada nos viene mejor que caer en la cuenta de lo que significa la resurrección. Aprovechemos de veras la cincuentena pascual y repitamos con lágrimas la exclamación de Juan en el Tiberíades: “¡es el Señor!” (Jn 21,7).

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