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Siempre, pero especialmente en el Año de la Fe, para los seminaristas que vivimos en el Cerro de los Ángeles, nos es necesario como fundamento de nuestra formación, mirar al Sagrado Corazón para llegar a ser pastores “según su Corazón” (Jr 3,15).

Y es que la fe no es sólo intelectual, sino personal. El término “corazón” en la Biblia significa el lugar de los pensamientos, de las intenciones, de los deseos, el centro de la persona. Así el Sagrado Corazón nos invita a conocer sus pensamientos, deseos e intenciones. Pero ¿acaso se pueden conocer los deseos de Dios?

Dios Padre, deseando que le conociéramos, nos ha hablado por medio de su Hijo (Hb 1, 1), que se hizo hombre como nosotros sin la herida del pecado, con deseos e intenciones humanas para darnos la posibilidad de conocerle. Él es la Verdad, pero esta Verdad es de doble filo, como amor, ya que penetra y distingue los sentimientos y pensamientos del corazón (Hb 4, 12). Si por un lado, le conocemos a Él, por otro lado Él nos conoce a nosotros mismos, y quedan descubiertos los deseos de nuestro corazón “engañoso” (Jr 17, 9), pues deseamos muchas veces bienes aparentes o verdaderos bienes con mala intención, y quedamos insatisfechos. Los deseos del corazón de Cristo son humanos: Cristo ama a sus padres, Cristo quiere a sus amigos, Cristo se ríe y llora, Cristo espera y tiene miedo, Cristo se enfada con verdadero amor y perdona al pecador.

Las heridas del pecado en nuestro corazón, por las cuales no le queremos como desearíamos (Rm 7, 19), por las cuales rechazamos sus deseos y su voz, su amor y su descanso (Sal 95, 11), sólo pueden ser sanadas y vencidas si miramos las heridas de Cristo. Únicamente así descubrimos que Él sufre con nosotros, porque sufre con Dios Padre, y que nunca deja ni de querer estar con nosotros, ni de dar gracias por nosotros a su Padre, nuestro Padre.

El verdadero bien y descanso que desea nuestro corazón no está sino en compartir los deseos de Dios. Así la Virgen en se asoció a los deseos y sufrimientos redentores de Jesús con un corazón, preservado del pecado, Inmaculado, que nos muestra cómo quedará nuestro corazón, cómo quedaremos en la vida eterna, que ahora se nos ofrece en los sacramentos y en la Palabra de Dios, en la Iglesia.

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