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Si Dios existe y es bueno, ¿por qué hay tanto sufrimiento en el mundo? Seguramente esta pregunta os resulte familiar, ya sea porque os la han formulado o porque os la habéis planteado vosotros mismos.

Es cierto que la primera reacción que surge muchas veces en nuestro corazón es el rechazo, la incomprensión, lo cual es normal pues es difícil encontrar la respuesta a tan comprometida pregunta. Pero es una cuestión de la que no podemos huir ya que todo hombre alguna vez en su vida se la ha planteado, bien sea al experimentar él mismo el sufrimiento o bien al contemplarlo en otras personas, especialmente en los más débiles e indefensos. Después de darle muchas vueltas intentando buscar el por qué nos topamos de bruces con el mayor acontecimiento de la historia: la Encarnación de Dios. Ahí está la respuesta. Cristo nos la da.

Y es que sin ser el sufrimiento obra de Dios, es Él quien quiere cambiar el sinsentido de esta realidad. Y este cambio lo realiza haciéndose semejante a nosotros en todo menos en el pecado: llorando la muerte de parientes y amigos, ganando el pan también con el sudor de su frente, sufriendo hambre y sed; pero, sobre todo, lo realiza en la Cruz. Es en su Pasión donde vemos al Dios que carga con nuestros pecados, y además Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores (Is 53, 4).

Cristo ha soportado tu dolor antes que tú, y lo sigue haciendo hoy junto a ti. Dios no se desentiende de este drama sino que lo ha vivido (y lo vive) con nosotros hasta las últimas consecuencias. Así vemos que Dios nunca se olvida del sufrimiento humano, que no lo ignora. La postura de Dios es más bien la contraria: acoge a la persona que sufre y toma su dolor haciéndole la carga más ligera. Pero, ojo, no pensemos que la hace desaparecer sino que Él la comparte, llevándose la parte más pesada, y da la fuerza necesaria para poder cargar con ella. Como dice el papa Francisco en su encíclica: al hombre que sufre, Dios no le da un razonamiento que explique todo, sino que le responde con una presencia que le acompaña. (Lumen Fidei, 57)
     
Por eso aprovechemos los momentos difíciles de nuestra vida para reconocer a ese Emmanuel (que significa Dios con nosotros) siempre a nuestro lado, llevándonos en sus hombros como Pastor que coge a la ovejita enferma porque le falta la fuerza para seguir. Cuando no puedas más, abrázate a la Cruz y como decía santa Teresa de Jesús: poned los ojos en el crucificado y todo se os hará poco.

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