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Al pasar el umbral de la puerta de la gran sala de conciertos, mi corazón empieza a redoblar, pregonando un gran acontecimiento. El concierto ya ha comenzado. En el escenario está el Solista tocando un Violín roto, lleno de arañazos, con una raja en el costado, sin embargo, suena una Música bellísima, un fuego que brota de la fricción del arco que cruza al Violín y lo hace retorcerse de dolor, tensando las cuerdas de mi corazón desafinado por el ruido que produce el mundo ciego al tropezar contra su soberbia en busca de su sentido. 

Un sentido perdido por intentar ser lo que no somos, solistas. Sólo emitimos un ruido desagradable que produce la cuerda de la vanidad al frotar el arco de nuestro egoísmo. 

Lo peor es que nos deleita más este ruido, porque no entendemos la Música, porque es más fácil hacer ruido que amar la Música, porque la Música te exige que silencies tu voz, tu yo para que entre Ella en ti y te ordene completamente. Pero el ruido te exige que chilles tú (para llenarte de desilusión, desesperanza, oscuridad) para que se imponga tu voz sobre la Música.

El Violinista es elevado con un “crescendo” que hace tiritar al Violín derritiendo el corazón congelado del público, que rompe en aplausos como lluvia de lágrimas que riegan nuestro mundo estéril, haciendo germinar la esperanza, el consuelo, que se asoma tímidamente entre el limo de nuestra humanidad herida. Se acaba la Música, comienza el ruido.

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