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¿Qué significa el estudio en la vida de un seminarista? Esta es la cuestión que me gustaría hacerte llegar por medio de este testimonio que tienes ante tus ojos.

El diccionario de la Real Academia Española define “estudiar” en primer término como: “Ejercitar el entendimiento para alcanzar o comprender algo”, pero en el “Diccionario del seminarista” (pendiente de publicación) el estudio podría definirse como: “Momento en el que Dios te muestra su todo, para que tú, con esfuerzo y alegría, lo conozcas, lo ames, sirvas en lo cotidiano y entregues a los demás”.

Ciertamente, en el candidato a servirte como sacerdote, el estudio cobra un cariz especial, es una oportunidad de amar, no exenta de esfuerzos, a Cristo, y de dejarnos modelar por Él. Por eso dedicamos multitud de horas a la semana a recibir clases en la Universidad, así como a profundizar éstas y otras enseñanzas en el estudio personal.

El otro día escuchaba en clase esta cita que pronunció el Cardenal Cisneros: “El único acceso que tenemos a Dios es el Sacramento”. Si éste buen Cardenal buscó a Dios por este cauce, le dedicó su vida y descubrió que el culto a Dios salva las almas, merece la pena que me esfuerce porque todos comprendan el significado de la Liturgia.

Esta cita resume el motivo por el que merece la pena formarse, estudiar a fondo, investigar, leer…  para poner en las manos de Dios una herramienta con la que poder abrir el corazón de los hombres a la grandeza, belleza e intimidad de la comunión en el culto cristiano. 

Si descubriéramos la inmensa obra que ha realizado, y realiza hoy, por nuestra salvación, en cada celebración litúrgica, incluso lo más íntimo daría un vuelco, el individualismo no tendría lugar en nosotros, entenderíamos que nuestra oración personal brota de Cristo entregado en la Eucaristía y que prolonga su entrega. También nos lleva a ofrecernos en la Liturgia eclesial, es decir, las celebraciones comunitarias de los sacramentos y sacramentales, y en la liturgia del corazón, que es la ofrenda que los cristianos realizamos a Dios desde nuestro interior. 

Es, sin duda, un regalo poder profundizar y dedicar mi vida a lo que puede llenaros el corazón. Cuántas veces tenemos que agradecer los esfuerzos de nuestros padres, de nuestros formadores, y de todos vosotros, para que podamos acceder a ello.

No dejéis de pedir a Dios que nos conceda un corazón permeable al Misterio que, día a día, pone ante nosotros: ser discípulos del Maestro, para ser apóstoles del Salvador.