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Con motivo del centenario de las apariciones de la Virgen María en Fátima, la Diócesis organizó, como sabéis, una peregrinación de familias el pasado mes de marzo a la que todos los seminaristas pudimos asistir. Como preparación a dicho evento se nos propuso meditar, los meses previos a la peregrinación, sobre los misterios de la vida de la Virgen. En el seminario estuvimos leyendo diversos textos acerca del mensaje y cómo éste transformó la vida de los tres niños videntes. Usamos el libro de “Memorias” que escribió la propia hermana Lucía, el cual nos sirvió de ventana a la intimidad espiritual de estos pequeños y cuya lectura es muy recomendable.

Desde hace tiempo me he sentido atraído por la vida de los tres pastorcillos de Fátima; la hermana Lucía, quien siguió el llamado de Dios y se fió de Él en medio de muchas dificultades. Francisco, por su espiritualidad de amor a Jesús escondido en la eucaristía, del cual en ningún momento quería separarse. Y cómo no, Jacinta, por su continua oblación ofrecida por la salvación de los pecadores.

Cuanto más avanzaba en la lectura, me era más difícil no fijarme especialmente en los dos más pequeños. A pesar de su temprana edad y siendo conscientes (por revelación de Nuestra Señora) del duro camino que les esperaba, supieron avanzar a pasos de gigante hacia el encuentro con el Padre.

Hablando de esto con varios hermanos seminaristas, pude entrever que no solo me ocurría a mí y que cada uno de nosotros teníamos un especial afecto a uno de los niños. Confieso que en mi caso particular es Jacinta, no solo por la penitencia, sino por su vivencia de la enfermedad, la agonía y la soledad ante la muerte. Me roba el corazón. Ahora canonizada, la Iglesia la pone como referente a la hora de afrontar situaciones, que tarde o temprano, la mayoría de nosotros tendremos que vivir.

Estando ya en la peregrinación, pasé por una tienda de regalos y entre muchos otros objetos llamó mi atención una medalla acuñada para celebrar la beatificación de ambos y pude entender que estos niños son dos caras de la misma moneda; existe entre ambos un principio de unidad: el Amor. Porque el amor a Dios “escondido” y el amor al prójimo que desea su salvación eterna, se funden entre sí.

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