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Como cada año, cuando se acerca el mes de mayo, el Seminario se inunda de un ambiente especialmente alegre. La razón: los seminaristas de tercer curso reciben los ministerios de acólito y lector (si has pensado que es porque celebramos las “Flores a María” o que llega el calorcito, no andas mal encaminado).

Y, como cada año (perdón por la redundancia), uno de los que los reciben escribe su testimonio en el boletín: tengo la suerte de ser el elegido esta vez. Pero yo me pregunto, ¿saben nuestros lectores en qué consiste ser instituido como acólito y lector? Seguramente, a ti, que me lees, no te resulte complicado saber cuál es la labor del lector; en cambio, puede que hayas tenido que acudir al diccionario para comprender el significado de la palabreja “acólito”. Voy a intentar aclarártelo a partir de mi propio testimonio.

A mitad de camino desde que entras en el Seminario hasta que te ordenan sacerdote hay una meta volante importante: los ministerios. Cuando llegas a tercero sabes que tienes que tomar una decisión (consultando con los formadores). Yo se los pedí al rector, no sin cierto temor por la responsabilidad, a principios de marzo. Y dos meses después, el 1 de mayo, bajo el amparo e intercesión de san José, nuestro obispo me hizo el encargo de parte de toda la Iglesia, simbolizado con la entrega del Leccionario, de servir a ésta como lector. Lo cual conlleva la proclamación de la Palabra de Dios en la liturgia y en la enseñanza-testimonio de la Buena Noticia en la catequesis y en todas partes donde el mundo lo requiera. Asimismo, recibí la patena como signo de la empresa que se me encomienda como acólito: servir en el altar de la Eucaristía y llevar la comunión a los enfermos.

Al igual que en el Bautismo, Confirmación y Ordenación sacerdotal, la Iglesia te llama por tu nombre: yo no pude ocultar la sonrisilla nerviosa cuando lo escuché, ya que me imaginé cómo sería mi ordenación. Un enorme sentimiento de responsabilidad me invadió porque es la Iglesia la que reconoce en mí un candidato para recibir las sagradas Órdenes; pero a la vez sentí el consuelo y el ánimo de tanta gente que reza por mí.

Ahora tengo la mirada puesta en nuevas metas: ya está superada una etapa de mi formación, y se abre ante mí el próximo tramo del camino hasta el siguiente destino: la admisión a Órdenes. La exigencia de santidad es mayor; yo le pido al Señor corresponder a su amor con la generosidad con la que Él me ha bendecido durante este fantástico tiempo.

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