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Como cada día, después de comer echamos el partidito de fútbol. Pero hoy no es un día cualquiera, no lo digo solo porque no he marcado ningún gol, sino porque hoy después del partido se me encomienda una nueva tarea apostólica: acompañar al capellán del hospital Rey Juan Carlos de Móstoles en su labor pastoral de atención a enfermos.

En la puerta del hospital me recibe D. Francisco, el capellán. Lo primero, a saludar al Jefe, que es la razón y la fuerza de todo nuestro actuar. Después me invita a su despacho, donde vestiduras litúrgicas y batas de médico comparten el armario. Ahí me ofrece una bata y empieza nuestro trabajo: llevar a los enfermos el
Santísimo, el Único que puede sanarles de verdad, y acercar a Jesús a aquellos que Él ama y están enfermos.

Primera parada: una Hija de la Caridad que espera impaciente a Aquél por quien ha entregado toda su vida. Llamamos a la puerta: “Que llega el Esposo, salid a su encuentro”. Entramos en la habitación y la hermana se dispone para volver a unirse al Amado. Recibe la comunión y se queda rezando: “encontré al amor de mi alma, lo abracé y no lo solté”.

A medida que avanzamos hacia la segunda habitación, D. Francisco me pone en situación: Nuria es una mujer enferma de cáncer desde hace tiempo; ella - y con ella, toda su familia - se han acercado mucho al Señor a raíz de su enfermedad. Cuando llegamos, la puerta está entreabierta y la habitación llena de gente; su marido y sus tres hijos acompañan a la enferma. En cuanto ven aparecer al capellán se alegran y con mucho cariño nos reciben. Tan solo unos minutos bastan para comprobar lo que D. Francisco me había dicho: todos, y en especial Nuria, cargan con su cruz con ánimo, unidos a Aquél que nunca nos abandona.

Todavía nos quedaba una visita. En este caso se trata de una mujer que también padece cáncer. Llamamos a la puerta y entramos, la encontramos sentada con su marido. Su rostro, debilitado por la enfermedad, refleja la esperanza de quién dirige a Jesús esta súplica: “Señor, si quieres puedes limpiarme”. A lo que Él responde: “Quiero, queda limpia”. Entonces recibe la Eucaristía, único y verdadero bálsamo del hombre, alimento que nos fortalece y prenda de la vida eterna. Se queda en paz y, agradecidísima, nos despide.


Al terminar las visitas volvemos a la capilla. Una sola palabra resume mi oración: Gracias. Por los que has puesto en mi camino esta tarde, por esta nueva experiencia preciosa, por ser cauce de tu amor, por mi vocación. ¡Gracias Señor!

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