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Yo os elegí, fui yo quien os llamé. Estas palabras resonaron en el canto de poscomunión el pasado viernes 20 de diciembre, mientras los seminaristas que habíamos sido admitidos a las sagradas órdenes dábamos gracias al Señor por el don de la vocación. Fue un día importante porque la Iglesia reconocía su deseo de que seamos sacerdotes. Para explicárselo a mis primillos les dije que era como la pedida de mano. Lo de pedir la mano suena un poco antiguo pero la imagen se entiende.

Hace seis años entré en el Seminario con tan sólo dieciocho, habiendo estado ya dos años en el Seminario Menor de Rozas. No sabía bien lo que era ser sacerdote. ¿Acaso ahora lo sé del todo? Recuerdo que entonces me movía un deseo intenso de imitar a los santos cuyas vidas leía, también a los sacerdotes que me cuidaban. El Señor me “decepcionó” un poco al principio. Quizás esperaba una vida de aventuras en plan Indiana Jones, James Bond, San Francisco Javier… Lo que encontré fue que todos los días tenía que estudiar tres horas, muchas veces aburrido por tipos como Bultmann, Durkheim, Weber... Los compañeros no resultaron ser tan santos como yo pensaba (ellos pensarían lo mismo, con mucha más razón), tampoco en la parroquia tuve éxitos brillantes. Yo no hacía más que proponerme cosas para agradar al Señor y tantas han quedado sin cumplir. ¡Benditas decepciones!

El Señor, que me ganó en unos Ejercicios Espirituales, me hacía recordar las palabras con las que el Rey Eterno llama al ejercitante a seguirle: mi voluntad es de conquistar todo el mundo, por tanto, quien quisiere venir conmigo ha de trabajar conmigo, para que, siguiéndome en la pena, también me siga en la gloria. Me considero un “mimado” porque Dios nunca me deja solo y siempre está en el Sagrario para atenderme, como si no tuviera nada más que hacer. Me invita a compartir su vida siendo su amigo. Cuando llegue el día de la ordenación podré ponerme de rodillas sabiendo que nada hay en el mundo comparable a Jesús.

Son muchos los rostros que aparecen en mi vida al pensar cómo pude conocer la voluntad de Dios, cuando nunca fui piadoso, ni bueno, ni responsable. Muchos instrumentos usó Dios para llegar a mí. Le pido serlo yo para otros. En la Iglesia nací y en ella quiero vivir y morir. María ha sido mi mejor maestra para amar a Dios. En ella coloco mi sí, para que ella lo custodie como custodió al Único Sacerdote.


       
     

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