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Cuando te ha pasado algo increíble no puedes esperar para contárselo a los demás. Así me siento: muy afortunado de poder contar qué he recibido sin que haya hecho nada para merecerlo. Algo he puesto de mi parte, claro, pero resulta insignificante comparado con todo lo que ha puesto la gente que me ha ayudado a estar aquí (familia, amigos, sacerdotes, monjas) con sus oraciones, con ayuda material, con sus consejos y con su ejemplo de vida. Uno se siente muy agradecido y, a la vez, en deuda con ellos. Por eso qué mejor que dar la vida por todos ellos, pues nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos (Jn 15, 13).

Ocurrió el pasado sábado diez de mayo cuando seis seminaristas recibimos los ministerios de acólito y lector (Ángel Tomás, Mirek, Juan Carlos, Carlos, Eliert y un servidor). Puede parecer un poco exagerado manifestar tanta alegría por unos simples ministerios de acolitado y lectorado…pues no. Cuando uno vive todos los días para estar al servicio de los demás y hacer la voluntad del Señor y la Iglesia te reconoce oficialmente como ayudante del altar y de la Palabra de Dios no puedes hacer nada más que dar gracias.

¿No os ha pasado nunca que no podéis poner las palabras exactas ante un suceso pero, a la vez, habéis recibido un mensaje? Así me ocurrió. Recuerdo que, después de comulgar, estaba dando gracias al Señor porque me encontraba en uno de los días más felices de mi vida y el Señor me decía algo así: esto y mucho más has de ver; con sufrimientos, sí, pero con una alegría y una paz que nadie te podrá quitar, porque Yo estaré junto a ti.

Y es totalmente cierto. Pienso en qué o quién podría darme la verdadera felicidad y sólo encuentro una respuesta: Dios. Pregúntate algo de lo que no te hayas aburrido, que no te haya defraudado, planes o proyectos en los que ponías tu ilusión y no te llenaban; dime algo o alguien que te haya prometido la felicidad ETERNA. Únicamente Dios puede cumplir su promesa de felicidad eterna.

Nunca te lo crees hasta que lo experimentas, pero os puedo asegurar que, si uno da lo que tiene, recibe mucho más; y cada día lo confirmo. Por eso estas palabras podrían resumir ese día: Y todo aquél que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna (Mt 19,29).

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