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Si eres natural de Punxsutawney (Pensilvania), es probable que el día más esperado y celebrado por ti sea el 2 de Febrero, el día de Phil, la marmota. Su comportamiento se supone que predice cuándo terminará el invierno, y así los granjeros organizan cuándo tienen que cultivar sus tierras. Se puede decir que, en gran medida, su prosperidad laboral y económica depende de Phil.

Pues bien, si eres un fiel de la diócesis de Getafe, lo más posible es que el día más esperado por ti sea el 12 de octubre, el día de las ordenaciones. Es un día de fiesta en el que toda la Iglesia diocesana se reúne para observar uno de los milagros más grandes que puede haber: la solicitud del mismo Dios con su pueblo dándole nuevos pastores según su Corazón. Todos los fieles acuden a esta celebración para rezar por los ordenandos ya que, en gran medida, su prosperidad (no sólo laboral y económica) depende de aquéllos que le van a dar la vida al mismo Cristo.

Lamentablemente, no podemos saber qué piensa Phil de todo esto, pero a mí me encantaría compartir con vosotros qué piensa y siente uno de vuestros nuevos diáconos. 

No me parece exagerado decir que llevaba esperando este día al menos seis años, de modo que, como comprenderéis, me levanté emocionado. Pasé toda la mañana de retiro con Aquél a quien me iba entregar del todo por la tarde. Tras la comida, cuando me preparaba para el Encuentro, mis manos temblorosas apenas acertaban a colocarse el cuello de esta nueva camisa tan extraña para mí. Me puse la chaqueta y me fui a la capilla. Al salir del cuarto me topé con Josema y Dani, ya vestidos de cura, nos miramos, nos reímos y nos abrazamos. De camino a la basílica, metro a metro, los nervios, las ganas y la emoción crecían exponencialmente. Ya en la sacristía nos revestimos. Abren las puertas y empieza a cantar el coro… 

De este momento en adelante es difícil expresar con palabras todo lo que sentí. Toda la celebración fue para ir comprobando la fidelidad y la misericordia de Dios conmigo, manifestada siempre a través de su Iglesia. Cuando uno se sabe amado así, no puede más que entregarse del todo a Él y a la Iglesia. La expresión máxima de este amor es la consagración: por la imposición de las manos y la oración consagratoria, fuimos hechos para siempre suyos, al servicio de todos los hombres.  

Éste es el principio de nuestra nueva vida: ser sólo suyos, para ser del todo vuestros. Pedid por nosotros para que todos y cada uno de nuestros días vivamos por Cristo, con Él y en Él, al servicio de la Iglesia.

 

 

 

 

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