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El pasado 14 de marzo se celebró en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles la ceremonia de admisión a las órdenes sagradas y de institución al ministerio de acólitos y lectores de diez seminaristas presidida por nuestro obispo, Don Joaquín María López de Andújar.

Seis de ellos, cinco seminaristas de tercero (Rubén Herráiz, Pablo Nieto, Álvaro Piñero, Sergio Úbeda y Juan-Luis Valera)  y uno de quinto (Ismael Montero) fueron instituidos acólitos y lectores, y los cuatro seminaristas de sexto (Dimitri Armejo, Ángel Tomás Linares, Miguel Luengo y Alejandro Rivas) recibimos la admisión a las órdenes sagradas.

Para todos nosotros ha sido un acontecimiento de gracia, en el que Dios ha mostrado cómo sigue llamando de entre su pueblo a jóvenes para que se consagren al servicio suyo y de la Iglesia. En mi caso concreto fue una ceremonia muy especial e intensa pues, mediante el rito de admisión a órdenes nuestro obispo, en nombre de la Iglesia y públicamente, confirmó que tanto mis tres compañeros como yo mismo habíamos sido llamados por Dios para servirle en el ministerio sacerdotal.

De esta forma inicio la recta final de mi preparación para poder recibir el diaconado próximamente y el presbiterado el año que viene. Estos años de formación han sido para mí un regalo de Dios, pues en ellos he experimentado cómo el Señor ha ido modelando mi corazón, purificándolo de todo aquello que le impedía ser enteramente suyo, para así conformarlo a la imagen de su propio Corazón.

Ahora echo la vista atrás, y al recordar los años de mi largo camino vocacional, de mi corazón no puede más que salir una profunda acción de gracias, en primer lugar a Dios, que nunca me ha abandonado ni dado por perdido, a pesar del empeño que por mi parte ponía para lo contrario; en segundo lugar a mis padres y hermano, que siempre me han apoyado; y por último a aquellas personas que Dios ha ido poniendo en mi vida para guiarme hacia Él. En especial quisiera dar las gracias a Don Gerardo, al Padre Eloy y a mis formadores del Seminario, en concreto al rector, Don Carlos, a Don Alfonso, mi director espiritual, y a Don José Francisco (Fran) mi párroco, cuya paciencia y dedicación a mi formación tanto me han ayudado a que madurase en la fe y en la respuesta a la llamada del Señor. Muchas gracias de todo corazón, Fran. Sólo Dios, tú y yo sabemos la paciencia que has gastado conmigo.

No quisiera terminar sin antes pediros a todos que recéis a Dios para que siga llamando a su servicio a personas generosas que entreguen su vida con ilusión al servicio de Dios, de la Iglesia y del prójimo, además de que oréis por todos nosotros, para que perseveremos en nuestra vocación con el fin de llegar un día no muy lejano, a ser sacerdotes santos eNtregados a Dios y a vosotros.

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