Un día hechizado por la Belleza de Dios

Un día hechizado por la Belleza de Dios

Aquí les dejamos un pequeño recuerdo de las ordenaciones del 12 de octubre de 2020 que Alfonso Chico, uno de los diáconos ordenados, nos ha querido compartir.

“Huele a incienso, siento un palpitar en mi corazón incontrolable: es como si se me fuese a salir del pecho. Comienza la procesión de entrada y, en pocos instantes, tengo experiencias sumamente hondas, profundas. Me doy cuenta de que mi vida tiene sentido al amar, en la entrega amorosa al que es Bello, Magno y Bueno: a Dios en la persona de Jesús de Nazaret.

Para quien este siguiendo estas líneas, ¿tendría acaso que porfiar ahora contigo buscando una frase sobre qué y cómo puede la vivencia del que es Bello hacer de la vida algo pleno de sentido? Dios, para manifestar su Belleza se vale de instrumentos y de estas experiencias.

Por momentos no parece que soy yo el que camino rumbo al altar, parece, más bien, que estoy sentado en una sala de conciertos, escuchando mi sinfonía favorita, una sinfonía que no es solo la que se está tocando y cantando en ese momento, sino que ésta acompaña a una que se encuentra más alto, en el Cielo. Zumban en mis oídos los amados compases de esta sinfonía y me encuentro tan embebido de la misma que siento correr un escalofrío por mi espalda.

Veo a mis queridos hermanos pequeños, a los seminaristas, y me digo a mi mismo: “pero si ese ha sido mi sitio todos estos años, ¿qué hago en esta procesión de entrada?, ¿hoy es el día que me toca a mí?”. Veo a mi familia, que ha venido desde tan lejos y con tantos problemas, que es tan amada para mí y pienso: “Hablando en serio, ¿están aquí?, ¿son ellos realmente?”.

Al llegar al altar le digo a Jesús de Nazaret: “¡¿Qué estas haciendo?! Pero, acaso, ¿no sabes lo indigno que soy? Soy tan pecador, tan pequeño… ¡Estás loco! Loco de amor…”. En verdad, estuve a punto de sollozar tan solo comenzar la celebración, menos mal que tenía a Fernando, mi querido hermano de curso, para hacerme pisar tierra.

Ese día el Cielo estaba abierto, se unió la Tierra con el Cielo o, al menos, eso es lo que creo. Ahora bien, si alguien, en el instante mismo en que viví todo esto, me preguntara si mi vida tiene sentido, respondería con una respuesta, y ésta sería más o menos la siguiente: “¡Sólo por haber vivido ese día ya lo habría merecido!”.”