Entrevista Admisión a Órdenes

Entrevista Admisión a Órdenes

El pasado sábado 20 de febrero, en la Basílica del Cerro de los Ángeles, el obispo de Getafe, D. Ginés García Beltrán, presidió el Rito de Admisión a Órdenes de José Luis Martín y Carlos Herrero, de cuarto curso; y de Antonio Sánchez y Enrique Sebastián, de tercer curso. Este rito supuso para ellos un paso adelante en su camino hacia la Ordenación Diaconal y Sacerdotal. Para conocer tanto en qué consiste el Rito de Admisión como el camino anterior hasta entonces, estos cuatro seminaristas han tenido la generosidad de concedernos la siguiente entrevista:

– En primer lugar, agradeceros el querer dar a conocer vuestra experiencia, no sólo en el Rito de Admisión, sino también en los años que habéis vivido como seminaristas y que os han ayudado a alcanzar la madurez personal necesaria para dar este paso de la mano de la Iglesia.

Todos: ¡Es un placer!

– Empezamos por el más mayor. Carlos, ¿podrías decirnos qué es el Rito de Admisión a Órdenes?

Carlos: El Rito de Admisión a Órdenes consiste en la manifestación pública de nuestra intención de recibir las Órdenes Sagradas y, por otro lado, la aceptación de la misma – también pública – por parte de la Iglesia. Este paso puede compararse con una pedida de mano en la que el seminarista pide que la Iglesia, verdadera Esposa de Cristo, sea su esposa. A pesar de la propia debilidad y del pecado, la Esposa confirma nuestra intención y comienza con nosotros un tiempo de preparación en la esperanza de que el Señor cumple siempre lo que promete.

– José Luis, ¿qué supuso para ti este acontecimiento tan importante?

José Luis: Precisamente ha supuesto para mí enfrentarme a una relectura de mi propia vida a la luz de Su llamada y experimentar el gozo y el descanso que son fruto de la contemplación que, durante estos años de Seminario, he podido tener tanto de la fidelidad de Dios como del propio cumplimiento de Sus promesas en mí y el resto de mis hermanos.

­– ¿Y tú, Enrique Sebastián?

Enrique Sebastián: Pues para mí ha sido una oportunidad que el Señor me ha regalado para poder renovar la ilusión de mi vocación al sacerdocio. También es verdad que durante los meses previos había en mí una tensión entre la indignidad propia de mi debilidad y la constante llamada del Señor a confiar en Su Amor.

– Antonio, cuéntanos, ¿cómo viviste la manifestación de vuestro “fiat” a la Iglesia?

Antonio: Diría que desde el agradecimiento de saber que no respondía a mi propia iniciativa, sino a la llamada que un día me hizo el Señor y que acojo como hijo obediente. Cada “sí, quiero” brotaba con sinceridad de mi corazón porque, si el Señor así me lo está pidiendo por medio de Su Iglesia, no quiero otra cosa que hacer Su Voluntad.

– Efectivamente, la clave está en cumplir Su Voluntad; de ahí hace unos años cada uno de vosotros decidiera entrar en el Seminario. ¿Podrías contar brevemente cómo ha sido vuestro recorrido en el Seminario hasta llegar a la Admisión?

Enrique Sebastián: En mi caso, aunque el camino hasta la Admisión se concreta en los cuatro años de vida que llevo en el Seminario, considero que toda mi vida es el campo en el que Dios ha ido sacando fruto. Durante toda mi relación con Cristo, siempre he tendido a esconderme de Su Voluntad y a encerrarme en mí mismo. A pesar de ello, he podido ver como cuando el Señor se rebaja hasta tocar el corazón de sus criaturas, la vida cobra un sentido nuevo que va marcado por Su iniciativa amorosa hacia cada uno de nosotros.

 Antonio: Siguiendo la línea de Enrique Sebastián, recuerdo que cuando entré al Seminario veía las etapas de la formación (propedéutico, discipular y configuradora) sin darles la importancia que realmente tenían. Luego, he ido entendiendo que en cada una de ellas el Señor iba a permitir pruebas que me enseñarían que, sólo reconociendo mi pequeñez, confiando y abandonándome en Él, podría seguirle.

El primer año me asaltaban dudas sobre si era o no mi sitio, con lo que aprendí a escuchar la voz de Dios y saber que el Demonio busca pillarnos por donde flojeamos. Luego fui comprendiendo que para seguir al Señor y ser otro Cristo tenía que ser libre, y que eso pasaba por dejar padre, madre, hermanos, amigos, criterios propios… No es fácil, pero sólo muriendo a uno mismo aprendes a que todo lo que dejas es para hacer espacio a un Dios que llena y desborda todo con Su amor y gracia.

– Don Ginés os recordó en el Rito de Admisión que en vuestro camino vocacional encontraríais muchas tentaciones como las que Jesús sufrió en el desierto, insistiendo en que “el desierto es el lugar de la prueba y al mismo tiempo de la presencia de Dios”. ¿Cuáles han sido tanto las dificultades como las gracias que habéis encontrado en el mismo?

José Luis: Paradójicamente, la principal dificultad que me ha ido acompañando en estos años como elemento de purificación ha sido precisamente la mayor gracia que he tenido en los mismos, y ambas han consistido en tratar de comprender la lógica de Jesús. Perder para ganar. Desaparecer para ser ser fecundo. Abandonarse para encontrarse. Ser pequeño para ser grande. Ser último para ser primero. ¿A quién no le iba a costar entender todo esto? No obstante, siendo totalmente sincero conmigo mismo encontraba la veracidad de estas mismas paradojas y con ella, la gracia de saber que si me pierdo, soy ganado por Cristo; si me abandono, soy encontrado por Cristo; si me hago pequeño, transparento Su grandeza; si soy último, encuentro en este lugar a Cristo, mi Dios y Señor, protagonista de todos mis profundos deseos.

Carlos: Viendo en conjunto los cinco años que llevo en el Seminario, ha sido y es un camino en el que uno se conoce a sí mismo y a Cristo. Esto implica conocer tanto las cualidades y virtudes que Dios ha puesto en mí como los pecados y defectos contra los que se debe luchar. Pero, a pesar de las dificultades contra los hay que luchar (tentaciones, pecados, manías, criterios propios…), el Señor te va guiando y configurando por medio de los formadores, los hermanos seminaristas y tantas personas que aparecen en este camino, sacando todo lo bueno que Él ha puesto en mí.

– Por último, y sabiendo que, como os dijo Don Ginés, “la Iglesia cuenta con vosotros con alegría, para que cada vez que os vean a vosotros le vean a Él”, invitándoos a que os dejéis transformar por Cristo “hasta configuraros con Él”, ¿cómo pensáis vivir el tiempo restante hasta la Ordenación?

Carlos: Sobre todo, creciendo en mi relación de intimidad y discipulado con Cristo en la oración personal y en los Sacramentos, especialmente en la Eucaristía y en la Confesión. También creciendo en la formación, siendo consciente de la responsabilidad que requiere por mi parte, pues me queda un camino por delante que, como nos dijo el Obispo D. Ginés, “va en serio”. Pero siempre con la mirada puesta en el Señor, para que haga de nosotros los sacerdotes santos que quiere que seamos.

Antonio: Confiando y abandonándome en Él. Por muchos años que pasen de Seminario y, si Dios quiere, de sacerdote, o aprendo que Él lo lleva todo y le dejo, o me hundo. No hay otro camino. Y esto se aprende viviendo día a día con Él y en Él, buscando en cada momento Su voluntad.

A la salida de la Admisión, una compañera de clase me recordaba las palabras de D. Ginés en la homilía: “redoblar la ejemplaridad”, “que cuando me vean a mí, te vean a ti”. Es un reto, pero la Iglesia pidió que “Dios lleve a buen término lo que Él mismo ha comenzado en vosotros” y después de estos años creo saber de quien me he fiado, por lo que nuevamente puedo repetirle con confianza: Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo.

– Nada más que volveros a agradecer esta entrevista y deciros que contéis con nuestra oración para que, como ha dicho Antonio, “Dios lleve a buen término lo que Él mismo ha comenzado en vosotros”.

Todos: ¡Muchas gracias!

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