“Mi corazón y mi carne se alegran por el Dios vivo” (Sal 84,3)

“Mi corazón y mi carne se alegran por el Dios vivo” (Sal 84,3)

Durante el mes de mayo, la Iglesia nos exhorta a alzar nuestra mirada hacia Nuestra Madre, contemplar la obra que Dios hizo en ella y a través de ella. Una oración privilegiada para acercarnos a María es el Rosario, donde la luz de los misterios del Hijo de Dios ilumina a la Divina Madre y la medita y la ama tal como es ella: la humilde sierva del Señor.

El Rosario es una oración profundamente bíblica. Es la Palabra de Dios que meditamos y que nos asombra. Al decir “Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo”, nos unimos al ángel en la Anunciación y a todos los coros celestiales que proclaman la gloria de Dios, y al decir “bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre Jesús”, nos unimos a santa Isabel en la Visitación y a todos los santos que han visto en María la mejor discípula de su Hijo.

El  “hágase en mí según tu palabra” puede parecer una respuesta acertada en un examen. Pero si María era tan humana como nosotros, ¿qué sentimientos experimentaba a lo largo de su vida, tan estrechamente unida a los gozos, a los dolores, a la misteriosa luminosidad y a la gloria de su Unigénito? La alegría y el sufrimiento de Jesús, ¿no serían acaso también la alegría y el sufrimiento de María?

En el Tiempo Pascual celebramos la resurrección de Jesucristo. Los misterios gozosos del Rosario nos invitan a ponernos en la piel de María. ¿Cómo viviría ella, la Madre del Redentor, el triunfo más grande de su Hijo: su victoria sobre la muerte y el pecado? ¿Qué sentiría en su corazón la Madre del Creador al encontrarse con Él de una manera totalmente nueva y gloriosa? ¿Qué sentiría la Madre de la Divina Gracia al verle subir a la derecha del Padre, donde verdaderamente pertenecía? ¿Qué experimentaría la Madre de la Iglesia cuando el Espíritu Santo inundó los corazones de los apóstoles? Y, ¿qué enamorado tuvo que estar Dios de esa Pureza Inmaculada, para no poder esperarse hasta su muerte y llevársela en cuerpo y alma a sus brazos y regalarle a ella, la Esclava del Señor, la más humilde entre las criaturas, el cielo entero?

Imitemos a María. Ella, la Llena de Gracia, nos enseña y desea que la resurrección de Nuestro Señor sea nuestra resurrección. Que toda nuestra persona, la razón y los sentimientos, el cuerpo y el alma, exulte de gozo pascual, se eleve por encima de lo terrenal, se inunde del Amor de Dios y haga aquello para lo que ha sido creada: volver al eterno abrazo de la Santísima Trinidad.

María, Reina de la Pascua, ruega por nosotros. ¡Aleluya!

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