Una Semana Santa única

Una Semana Santa única

Hace dieciséis días celebrábamos la Semana Santa, momento en el que la Iglesia conmemora el misterio pascual, centro y culmen de la vida de Cristo y por tanto, de todo cristiano. Es más, dicho misterio es la Solemnidad de solemnidades, el corazón de la liturgia.

He vivido estos días con muchísima intensidad como nunca antes, como seminarista recién incorporado al Seminario. Acompañado por la liturgia he experimentado cómo el Señor ha ido modelando mi corazón poco a poco para identificarme con Él.

Quisiera compartir algunos de los momentos más significativos.

En primer lugar, la Misa Crismal celebrada el Martes Santo. Recuerdo cómo en el momento en que los presbíteros renovaban sus promesas sacerdotales interrogados por nuestro obispo d. Ginés descubría la responsabilidad y la magnitud de la vocación sacerdotal. Reconocí con mayor claridad lo que significa la llamada a participar en el sacerdocio de Cristo. Me enseñó también la entrega con la que he de vivir cada día, siendo un fiel servidor de Jesús y de la Iglesia.

En segundo lugar, ha sido una verdadera gracia redescubrir en la celebración del Viernes Santo el valor de la cruz. Cristo, por su amor extremo e incalculable, ha querido abrazar y cargar con el madero, es decir, ha abrazado y cargado con todo mi pecado y mis sufrimientos. Se ha dejado crucificar con todo ello, para que yo, muriendo en Él, pueda resucitar en Él; venciendo a la muerte, me abre el camino hacia el Padre. Solo así tiene sentido su invitación a no renunciar ni huir de mis cruces, sino a tomarlas con Cristo, amarlas con Cristo, porque por ahí pasa mi salvación.

Por último, fue un auténtico regalo servir a las celebraciones con el canto. La música fue el medio por el que presentamos en oblación al Señor nuestra alabanza, oración, en agradecimiento por su gran sacrificio de amor.

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